domingo, 8 de abril de 2007

Un cuento de amor exótico

Para mi hijito menor, el romántico perdido.
Y para Betty Carol, que se niega a conocer al amor de su vida en el supermercado.

L y J se conocieron en la entrada de la Estación Central de San Petersburgo, a punto de tomar el Transiberiano. Ella se estaba comprando el desayuno, algo dulce, algo salado y algo caliente para templarse el cuerpo después de una noche un poco rara. A él se lo notaba bien templado y con ganas de aventuras cuando le preguntó de dónde era y se preocupó un poco por su estado de salud.

Subieron juntos al tren, pero les tocó sentarse en vagones distintos. Ella notaba ya de a poco ese estado indefinido entre la ansiedad y la languidez que precede al amor y trata de concentrarse en el paisaje, mientras se descubre pensando de a ratos en ese chico alto y de ojos celestes que se sienta en algún otro lugar del mismo tren. Al mismo tiempo, en el otro vagón, el chico decide ver cómo está y hacerse amigo de la chica de la mañana.

Ella lo ve aparecer por el pasillo del tren que se sacude bastante, manteniendo el equilibrio sin demasiado esfuerzo, y se le ilumina el alma. Le hace un lugar en su asiento, empujando sin demasiados preámbulos al que está al lado, y empiezan a hablar de todo y de nada. De dónde son, cuantos años tienen, de dónde vienen ahora, el destino del viaje.

En menos de una hora saben todo lo que tienen que saber sobre ellos dos y también sabrán, para siempre, que podrán confiarse la vida mutuamente. Esa noche cenan juntos sin despegar los ojos el uno del otro, sin saber muy bien qué comen. Al otro día, se besan por primera vez, y al tercer día se van a dormir juntos. Descubren que, por esas extrañas casualidades, sus planes de viaje recorren casi el mismo itinerario y deciden cambiar lo que no concuerda para acompañarse durante todo el trayecto.

A partir de ahí no se despegaron más. Dieron la vuelta al mundo en bastante más de 80 días. Se besaron a la luz de la luna en las ruinas de Sacsayhuamán, en las ruinas de Angkor Wat, en las ruinas de Luxor. Durmieron juntos en una tienda hecha de pieles en la estepa de Mongolia, mientras escuchaban el canto del viento y el galopar de los caballos, en la misma bolsa de dormir bajo las estrellas y el aire helado del desierto de Atacama, en una cueva milenaria de Capadocia, sintiendo el frío de las montañas y el aliento de culturas de muchos siglos atrás.

El la salvó de caerse a un precipicio en el Himalaya y le clavó una estaca en el medio del pecho al vampiro que, igualmente enamorado de ella, se la quiso robar en Transilvania, ella lo cuidó sin pausa la noche que a él casi lo disuelve la fiebre que le produjo la mordida de una cobra en el desierto del Sinaí y descubrió el antídoto contra el filtro amoroso con que lo quiso seducir una bruja en Bangladesh.

Nadaron en los corales del Caribe y del Mar Rojo, amanecieron espiando a los leones en el parque del Serengeti y escuchando el canto de los pájaros y la risa de los monos en el del Iguazú. Se mantuvieron juntos todo el tiempo cuando el barco en el que cruzaban de Hong Kong a Manila fue atacado por los feroces piratas que pululan por el Mar de la China Meridional y consiguieron llegar a Manila despojados de todo, pero abrazados y felices.

Antes de volver a Europa adoptaron dos chinitas y una hindú. Diez años después de conocerse y después de haber tenido juntos tres hijos más, se casaron una tarde fresca de septiembre en Bruselas. A la boda sólo fuimos mi marido y yo. Nos tocó, como tantas otras veces, ser los únicos testigos de tanta felicidad.

Ahora viven cerca nuestro. Ella me contó hace poco que sigue sintiendo como esa primera noche en el Transiberiano que el mejor momento del día es ése en el que se meten juntos a la cama y siente, mientras enreda sus piernas con las de él, se instala bajo su abrazo y le huele el cuello, que no habrá ninguna piel que pueda jamás compararse a la suya. A él se le nota cada vez que la mira que sigue sintiendo la misma curiosidad y atracción que lo llevó a preguntarle cómo estaba esa mañana helada en la puerta de la Estación Central de San Petersburgo.

miércoles, 4 de abril de 2007

Cuentos

Mi hijo menor me cuenta sobre todos los cuentos que está escribiendo, cuentos con vampiros y montañas y viajes por el desierto y aventuras peligrosas. Cuentos con brujas y dragones y naves espaciales y amigos que se dan la vuelta al mundo. Me cuenta lo que sueña, los sueños que se le repiten, el primer sueño que se acuerda, los que le dan miedo, los que no quiere que se terminen. El chico escribe y escribe, tiene una carpeta en la Mac reservada nada más que para sus cuentos. Y yo le digo: "A lo mejor yo también me puedo poner a escribir un cuento. Uno de amor. ¿Vas a tener ganas de leerlo?" Y me contesta: "Sí, pero si no es muy exótico".

En realidad quiere decir "Sí, pero si no es muy erótico". El hermano mayor lo tiene harto y él es un romántico perdido.

domingo, 25 de marzo de 2007

La cincuentona

En la ciudad de Florencia hay un archivo donde se guardan todos los documentos oficiales de la Unión Europea. Entre ellos hay un documento que se firmó hace hoy 50 años en otra ciudad italiana. Ese documento se conoce como el Tratado de Roma y es el tratado fundacional de lo que hoy por hoy es la Unión Europea y terminará siendo vaya a saber qué, pero que en ese momento sólo era la Comunidad Económica Europea, una asociación de países con intenciones de cooperar económicamente y de eliminar barreras al libre comercio entre ellos.

El germen de lo que hoy es la Unión, y mucho más todavía, estaba, sin embargo, muy presente en las mentes de una serie de visionarios a los que se llama "Los Padres Fundadores", un nombre casi mitológico, que se imaginaban una Europa unida donde pudieran dejarse atrás para siempre sucesos terribles como las dos guerras. A partir de hoy se inicia en toda Europa una serie de festejos que va a seguir durante todo un año para darle la merecida importancia a un hecho que quizás haya significado el comienzo de una larga era de paz, bienestar, justicia y solidaridad entre un conjunto de países que llevaban siglos destruyéndose entre ellos.

En esos 50 años los cambios en Europa fueron impresionantes. El proyecto es, en realidad, único en la historia de la humanidad y es más impresionante aún cuando uno considera las divergencias entre todos los participantes. Las barreras aduaneras se eliminaron por completo en 1968, sólo 10 años después del comienzo y bastante antes de lo planeado, tantas eran las ganas de colaborar de los seis miembros iniciales.

A partir de ahí una serie de transformaciones –la unificación del mercado interior, la libre movilidad de las personas, la casi desaparición de las fronteras interiores, la moneda común, las sucesivas ampliaciones hasta llegar a los actuales 27, la política exterior y de seguridad y justicia más o menos coordinadas, la coordinación limitada de la política fiscal y, sobre todo en el último tiempo, la liberalización del mercado de servicios y la cooperación en temas de energía y medio ambiente– terminaron de darle forma a este proyecto único que seguirá, sin duda, renovándose en los próximos años.

El cumpleaños se ensombrece un poco porque el proyecto parece estar pasando por una crisis –al fin de cuentas son cincuenta años– y pese a la impresionante seguidilla de logros y buenas noticias no termina de convencer a la mitad de los que más importan, sus ciudadanos. Encima de todo hace un par de años el objetivo político más importante desde el Tratado de Roma, dotar a la Unión de un Tratado Constitucional, fue rechazado nada menos que por los franceses y por los holandeses, dos de los Seis Fundadores.

Si bien la ratificación de los tratados se hace cada vez más complicada, uno hubiera esperado que el rechazo viniera de miembros más reacios y más recalcitrantes, como el Reino Unido o Dinamarca, donde los políticos estaban especulando con elegir las fechas de los plebiscitos bien al final del proceso de ratificación para no poner piedras en el molino de nadie. Y sin embargo, el “no” vino desde el lugar menos esperado. O no. El no de los franceses no fue del todo un no a Europa, sino más bien un no al futuro, un no a los cambios y una reacción un poco sin sentido ante el vértigo que les provoca un mundo donde la antigua posición de líder de Europa está bastante en discusión.

Y acá estoy yo, viviendo en Bruselas. Dicen que el aleteo de una mariposa en alguna parte del planeta llega a tener efectos enormes en algún otro lugar completamente inesperado. En este caso es al revés. Sin Unión Europea y sin Bruselas como su capital, yo jamás hubiera terminado viviendo aquí, no hablaría francés, no leería La Libre Belgique, mis hijos no estarían a punto de empezar a aprender su quinto idioma y este blog no se llamaría Entre BRU y BUE, sino que tendría cualquier otro nombre, quizás un poco más imaginativo. O no.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Nubes

La llaman "The bluest kind of blues" y en iTunes tienen más de 100 versiones distintas, en todos los ritmos y en todos los estilos imaginables. Todo buen guitarrista que se precie la quiere tocar. Esta versión yo la escuché en vivo el año pasado en uno de mis lugares favoritos. Éste es el compositor y éste el intérprete.

No se aconseja escuchar con el corazón roto.


powered by ODEO

lunes, 19 de marzo de 2007

Dulce de leche, reloaded

A la vida de todo argentino emigrado llega, más tarde o más temprano, el momento en que se muere de ganas de comer dulce de leche. En los años que corren hay que reconocer que, gracias a los beneficios de la loada por algunos y vilipendiada por otros globalización, es bastante fácil encontrar dulce de leche en algún negocio perdido especializado en artículos sudamericanos o en algún supermercado que tiene una semana dedicada a los productos exóticos. Pero por la época en la que yo me fui de Argentina mi única oportunidad de comer dulce de leche era cuando mi madre me lo mandaba por correo o cuando me lo traía alguien que estuviera de paso por Dinamarca. Considerando que poca gente conocida alguna vez estuvo de paso por Dinamarca, esta última posibilidad no era más que eso, una posibilidad.

Por suerte para mí, a una de las tres mujeres que me enseñaron a cocinar se le ocurrió publicar el libro de cocina que yo más esperaba desde que me había mudado. Un libro que tuviera recetas de empanadas, guiso de lentejas, zapallitos rellenos, lomo a la pimienta, ñoquis, dulce de membrillo y, por supuesto, dulce de leche.

Por la época en la que empecé este blog, escribí un post sobre el dulce de leche, donde contaba que de vez en cuando lo hago y que me sale bárbaro, pero sin dar la receta. Pensé que ya no era necesario, ya que ahora todo el mundo puede comprarlo por ahí. Dicen que hasta hay unos argentinos que tienen una fábrica en algún lugar de Francia. Acá en Bélgica yo conozco por lo menos dos lugares donde lo venden, aunque nunca lo compré ahí, por ahora. Mi mamá me lo sigue mandando por correo y, en caso de urgencia, siempre está la receta de Blanca Cotta.

Que acá viene, a pedido de una argentina exiliada en Houston que me dejó el encargo en el hermano mellizo de este blog.

La receta original de Blanca Cotta (y link no hay, porque la señora todavía no tiene un blog) dice:

Ingredientes
4 litros de leche, 1 kilo de azúcar, 1 chaucha de vainilla y 1 cucharadita tamaño café de bicarbonato de sodio.

Preparación

  1. Hierva los cuatro litros de leche y cuélela al pasarla a otra cacerola pues la leche, al hervir, casi siempre sedimenta elementos sólidos. Para trasvasarla elija una cacerola muy grande, porque el dulce de leche cuando está por tomar su punto, trepa como un prófugo...
  2. Agregue a la leche el azúcar, la chaucha de vainilla y el bicarbonato. (Según mi mamá el bicarbonato es para que el dulce de leche no se corte y, además, para que tome color oscurito).
  3. Haga hervir a fuego fuerte todo el tiempo. ¿Vio cómo, al principio, el bicarbonato produce una espuma tremenda como si quisiera desbordar? (Por algo le dije que eligiera cacerola grande...)
  4. A medida que hierve, el dulce comenzará a espesar, como sucede cuando prepara almíbar. Revuelva de vez en cuando con cuchara de madera, para que el dulce no se pegue en el fondo de la cacerola.
  5. Cuando el dulce "rezongue" y espese como una salsa blanca liviana, retire la cacerola del fuego, apóyela en un fuentón (o piletón) que contenga agua fría y revuélvalo continuamente con cuchara de madera hasta que se enfríe. Enváselo... ¡y guarde la "raspa" para mí!
NOTA: siguiendo estas instrucciones "su" dulce de leche saldrá perfecto. Pero si a "su" vecina se le llegara a "cortar", dígale de parte mía que lo arregle así pero que me guarde el secreto: que lo ponga de a poco en la licuadora (o procesadora) ¡y lo licue!, (o procese). ¡Bárbaro!

Bueno, lo cierto es que la olla más grande que yo tengo debe tener una capacidad de unos diez litros, lo que excluye por completo la posibilidad de hacer esta receta así como está presentada. La primera vez que lo hice, usé la cuarta parte de todos los ingredientes, menos de la vainilla y me salió perfecto. Lo importante en la receta es lo de colar la leche, sino sale como arenoso. El bicarbonato es esencial, le da el color y, por algún proceso químico que a mí se me escapa por completo, retrasa el acaramelamiento. Es decir, cuanto más bicarbonato, más marrón se pone y más tarda en ponerse espeso. Una vez todos los ingredientes en la segunda olla, hay que tener cuidado con la intensidad del fuego. Al principio tiende a rebalsarse sin control. No hace falta cocinarlo a fuego fuerte todo el tiempo, la idea es ir encontrando el grado justo de calor para que hierva fuerte, pero sin volcarse. Lo de enfriarlo en la pileta de agua fría también es esencial, yo una vez me olvidé y se le hizo una cáscara horrible arriba y quedó líquido abajo. Al enfriarlo revolviendo termina de espesar y queda homogéneo, como debe ser.

Da bastante trabajo, hay que reconocerlo. Yo lo hago para darle el gusto a mis hijos cuando cumplen años y vale todo el esfuerzo. A veces me animo a hacerlo usando la mitad de los ingredientes. Lleva un poquito más de tiempo, pero compensa con creces.

miércoles, 14 de marzo de 2007

Comprando sensaciones

A veces en esta familia se tienen ciertas desavenencias. Yo soy una consumidora moderada pero muy curiosa, mientras que mi marido es, decididamente, del estilo puritano. En general, en la situación concreta de ponerse a gastar plata estamos los dos más o menos de acuerdo, pero cuando discutimos sobre el devenir del mundo, hay que reconocer que no tanto.

Mi marido está del todo convencido que la insistencia de las sociedades desarrolladas en impulsar el consumo desenfrenado va a llevar a todo el mundo a la perdición irremediable. La necesidad del crecimiento económico a él le parece un desafuero, un escándalo, una inmoralidad, el camino hacia el infierno. Yo en parte le doy la razón, sobre todo cuando veo un cementerio de autos al costado de una ruta, cantidades de basura arruinando los paisajes, el olor a caucho y combustible en los estacionamientos repletos de los aeropuertos, la forma en que se crían los salmones de criadero, las playas llenas de algas, bolsas de plástico y miles de puchos apagados. Viviendo en uno de los países supuestamente privilegiados del planeta, produce vértigo imaginarse el mismo nivel de consumo para el resto del mundo.

Por otro lado, es difícil saber qué pasaría si de repente, de un día para el otro, la gente decidiera en masa convertirse en seres ahorrativos. Un mundo en decadencia y semiapagadito es lo que me imagino yo. Montones de desempleados deambulando por las ciudades sin demasiado que hacer, sin demasiadas esperanzas de cambiar de vida, negocios vacíos de cosas y de gente, mientras los empleados no saben cómo entretenerse para matar el tiempo. Al fin y al cabo, el hecho de que seamos insaciables es uno de los motores de la Civilización Humana.

Pero, ¿seremos realmente insaciables? Muchas veces me encuentro dando vueltas por los negocios buscando comprar algo que pensaba que necesitaba y de repente decidir que nada me interesa, que me siento bien como estoy y que comprar algo más sólo sería agregar un objeto innecesario más al montón de cosas que juntamos en todos los años que llevamos juntos. Tengo también en casa una buena parte de mi colección de libros sin leer. Algunos discos comprados que ni siquiera escuché una vez enteros. En cuanto a aparatos de distinta laya, en casa se trata de limitarlos. Ahí, la que pone límites al número de televisores, computadoras, autos y ese tipo de inventos soy yo: uno de cada uno, en lo posible.

Pero no soy yo la única que lo siente así, parece. Parece ser que en el mundo hiperdesarrollado, en los países más ricos de la tierra, se observa también una cierta saturación de bienes materiales. Como si la gente, aún los que se imponen restricciones más suaves que las mías, ya hubiera comprado todos los autos, los televisores de pantalla plana, los reproductores de música, los muebles de diseño y los diamantes que le hacen falta. Como si hubiera límites para el deseo de cosas materiales. Y eso lo notan también los fabricantes de objetos.

Entonces hay que ponerse rapidito a inventar algo que siga provocándonos el deseo y las ganas de consumir para convertirnos de nuevo en insaciables, lo que no es algo nuevo del todo, no. Pero en las economías más ricas tiene cada vez más importancia un fenómeno que estos dos señores han dado por llamar la Economía de las Experiencias, aunque a mí me gusta más traducirlo como Economía de las Sensaciones. Ya no se trata tanto de comprar cosas sino experiencias, sensaciones, recuerdos y vivencias. Por eso la gente viaja como nunca antes y consume cultura en las formas más variadas, sale muchísimo de noche y de paseo. De lo que ahora se trata no es más de consumir productos, bienes industriales, sino servicios.

Pero no sólo de servicios vive el hombre (ni tampoco la mujer, por supuesto) sino también del valor agregado en los productos que sirve para estimular nuestra imaginación o para hacernos creer que somos más inteligentes, más atractivos, más cool, mejores personas. Por eso uno se compra un iPod en lugar de cualquier otro reproductor de música, se compra un Porsche en lugar de un Volvo, o viceversa, según quiera creerse cool o inteligente, compra textiles hechos con algodón ecológico turco y no fabricados en la China o decora su casa con muchísimo cuidado y muchísimo estilo aunque después no ande mucho por ahí.

Bueno, y ahí fui yo muy contenta a contarle a mi marido que se había solucionado el tema, que la gente podía seguir consumiendo sin pausa y alegremente porque el consumo ya no era de bienes materiales sino de sueños, esperanzas, expectativas, sensaciones y otras cosas intangibles, que no hacía falta seguir llenando depósitos de basura con cosas tóxicas y viejas ni contaminar océanos con residuos químicos o petróleo, pero tampoco lo convencí del todo. El señor sigue prefiriendo cenar en casa a probar las delicias de algún restaurant sobrevaluado de los que me gustan a mí y mejor todavía si hacemos un picnic en el bosque. Seguirá prefiriendo recorrer el mundo por su cuenta y riesgo a pegarse una semanita de vacaciones en algún spa de lujo en Hungría. Y preferirá mil veces irse con sus hijos a andar todo un domingo en bicicleta o a andar en patines que llevarlos al cine a ver esta película.

Por último, tengo que aclarar que mi marido no es tan puritano en aspectos más relevantes de la vida, lo que lo hace muchísimo más tolerable, por cierto.

martes, 6 de marzo de 2007

El hijo honrado del padre borracho

En el cuento de Ulschmidt en Siete Pecados, nos enteramos de un músico argentino que se hizo conocido por el mundo. Ulschmidt nos dice: "Al menos una canción de g. ha dado la vuelta al mundo - o por buena parte de él durante un buen rato - doy fé de ello". Creo que la prueba está acá. En una versión moderna de un grupo danés que ya presenté antes.



powered by ODEO

domingo, 4 de marzo de 2007

Apuntes ociosos de fin de semana

A partir de hoy, este blog tiene un hermano mellizo en WordPress. Lo abrí para jugar un poco y para ver cómo se comparaba con Blogger. Si bien es cierto que los diseños son súper elegantes, Blogger todavía me gusta más. Un blog en WordPress es como una combinación de Blogger y GooglePages, pero a las plantillas de Blogger se le pueden hacer cambios gratis, lo que no es el caso con las de WordPress, y la administración de un blog es mucho más simple y elegante desde Google que desde WordPress. Reconozco, sin embargo, que exportar un blog de Blogger a WordPress es lo más parecido que yo vi a la magia desde que existe Internet.

A esta altura de mi vida, quizás tendría que medir mejor las consecuencias de tomar ésto, ésto y ésto en una misma soirée, creyéndome invulnerable a sus efectos.

Durante la dicha soirée me hicieron notar que soy sensual como una existencialista. Si alguien se da cuenta de lo que me quisieron decir, toda explicación es bienvenida.

El Ingeniero Que Sabe Contar Cuentos publicó su primer post en Siete Pecados, que esperamos no sea el último. ¡Bienvenido sea!

Hay magnolias en Bruselas. Este año queda oficialmente bautizado como El Año Que No Tuvimos Invierno.

¡Uf! ¡Qué bien que hace caminar 12 kilómetros en dos horas!

Jamás hubiera podido imaginarme que un noruego era capaz de bailar así de bien. ¿Cruzarán también el Ecuador dos veces?

miércoles, 28 de febrero de 2007

Beso con luna roja

Último día de vacaciones. Anochecía. Yo volvía a casa por la calle principal, en dirección al lago. Caminaba con la puesta del sol en la espalda, mirando mi sombra que se alargaba y se perdía en las piedras, mientras se iba apagando el sol. De frente y a lo lejos veía la llegada de la noche reflejada en el lago, cada vez más oscuro.

En esa semipenumbra de atardecer tardío fue cuando, al fondo de todo, empezó a salir la luna. Una luna de verano, anaranjada, casi roja, mi luna preferida. Empecé a caminar muy despacio, respirando suavecito, intuyendo el milagro de una salida de luna llena anaranjada en una noche tibia de verano. Un milagro que, inexplicablemente, no se terminaba, se prolongaba más de lo esperado. Pasaron dos, tres, cinco minutos. La luna se quedó trabada en el borde del lago, sólo un bordecito de luna que sobresalía envuelto en la bruma de arreboles.

Mientras esperaba que la medialuna se convirtiera en llena, apareciste en el cruce de una calle y me puse a temblar. Hacía días que nos mirábamos y nos sonreíamos cada vez que nos encontrábamos. Yo sacudía el pelo, mientras me reía con mis amigas y te miraba haciéndome la tonta. Vos hacías gala de destreza en todo lo que podías para impresionarme, buscando mi mirada. Ese atardecer seguí caminando como si nada pasara y empezaste a seguirme, cada vez más cerca. El hilito de luna, todavía envuelto en brumas, se elevaba cada vez más por encima del lago, sin decidirse a convertirse en luna llena. Y entonces todo cuajó en un momento, tu mano que me alcanza, el abrazo que evita la traición de mis piernas temblorosas, el primer beso, la certeza del eclipse de luna total, inesperado.

Me acuerdo que nos metimos en el jardín de una casa abandonada. Debajo de un árbol, nos besamos durante horas sin hablar, sin decir absolutamente nada, solo miradas, sonrisas, murmullos y arrullos en las pausas de los besos. Cuando volví a casa, el eclipse había terminado, la luna, llenísima, ya estaba por la mitad del cielo y los mosquitos habían hecho estragos en mis piernas de verano. Nunca más te volví a ver. Y ni siquiera me acuerdo de si alguna vez me aprendí tu nombre.

viernes, 23 de febrero de 2007

¿Demasiado confiados?

Mi marido y yo, además de estar de acuerdo en que para hacer los hijos más lindos del mundo hacen falta una argentina y un danés, también estamos de acuerdo en que el país perfecto sobre el Planeta Tierra, sería una mezcla de Argentina y Dinamarca. Pero así como con los hijos no da lo mismo lo que se hereda, tampoco es irrelevante con qué cosas nos quedaríamos los dos de nuestros respectivos países y cuáles cambiaríamos con gusto.

Para las cualidades argentinas que tendría que tener ese país ideal, cederé la palabra a mis queridos lectores y los dejaré expresarse en los comentarios. Al fin de cuentas el ejercicio será doble, por un lado espero que aparezcan comentarios creativos y sorprendentes, por otro sería una forma de salir de esa costumbre irreprimible que tenemos los argentinos de protestar todo el tiempo, quejándonos del país en el que nos tocó en suerte nacer. Para tranquilizarnos un poco, voy a aclarar que esa es una cualidad que compartimos con los daneses, aunque sea difícil creerlo. Ellos, cuando están en su país, lo insultan y lo desprecian sin ningún miramiento, pero cuando están afuera, la nostalgia que les agarra es tan grande, que son bastante raros los que emigran para siempre. Encima, los que lo hacen, construyen una copia de su paisito en donde estén. Los que no me creen, pueden darse una vuelta por Tres Arroyos o Necochea para comprobarlo.

Así yo podré concentrarme solamente en lo que me gustaría ver trasplantado del Lejano Norte al Lejano Sur, el detalle que convertiría a la Argentina en el país que soñamos todos desde siempre. ¿Cuál es la clave para eso? La palabra mágica es confianza. La confianza que existe en cada uno con respecto a los otros y al resto de la sociedad, un concepto que ahora está muy de moda y que se llama "capital social". Mi primera experiencia con ese concepto fue reveladora, pero suficiente; descubrir que no hacía falta contar los vueltos, ni en los bares, ni en el supermercado, ni en el colectivo. Dedicarse a contar vueltos era, nomás, una pérdida de tiempo que se podía dedicar a otra cosa, como sonreírle a la camarera o decirle buen día al colectivero.

No hace falta ser demasiado imaginativo para empezar a descubrir todas las ventajas que tiene eso de tenerle confianza a los demás. Uno le cree al médico y no hace falta ir a ver a otro para que le confirme que no tiene cáncer, está seguro de que el farmaceuta no intentará venderle un remedio nada más que por venderlo, confía en que al comprar ese auto usado no le están vendiendo gato por liebre (aunque acá aconsejo igual tener un poco de cuidado, los vendedores de autos son un poco peor que el común de los mortales en todos lados), puede dejar sus cosas, incluída la cartera, en el aula mientras sale a fumar un cigarrillo con sus alumnos, sabe que los trámites se solucionan por teléfono, sin hacer cola y sin pagarle a nadie nada extra para que se solucione mejor, deja a los bebés durmiendo en la parada del colectivo mientras va a comprar el diario, está segura de que si el marido dice que se va de parranda con los amigos no se va a acostar con otra, y así.

En fin, después de un tiempo, uno se hace adicto a ese orden de cosas y baja demasiado la guardia, pero de eso se trata, justamente. Para los que dicen que la vida es aburrida en un lugar así, les aseguro que es mentira.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Vagando por ahí...

... encontré otro lindo cuentito.

jueves, 15 de febrero de 2007

La suegra mas bruja

Mi suegra no es una suegra, sino una suegrastra, la segunda esposa de mi suegro. Mi suegra de verdad, la abuela de mis hijos, murió unos meses antes de que yo llegara a Dinamarca, lo que me hace estar en el sexto cuadrito del dibujo de Maitena sobre las suegras. Como no hay mal que por bien no venga, con mi suegrastra se cumple la regla mnemotécnica que me enseñó mi profesora de matemática de primer año del colegio para multiplicar números con distinto signo. Esa de "los amigos de mis amigos son mis amigos, los amigos de mis enemigos son mis enemigos, etc". Con una suegrastra pasa lo mismo. Una suegra y una madrastra suelen ser personajes bastante nefastos, pero yo les aseguro que de la combinación sale una persona deliciosa, una señora súper-agradable que, además de hacer feliz a mi suegro, resultó ser una abuela impresionante con los nietos postizos que le tocaron en suerte.

El caso es que, si la Parca no se adelanta demasiado, en algún momento, por desgracia no demasiado lejano, yo también me convertiré en suegra y, lo que es peor, en la suegra más bruja de todas, la madre del marido, dado que soy la afortunada madre de dos hijos preciosos pero varones.

¿Qué problema hay con tener varones? Cuando estaba embarazada de mi primer hijo, yo quería tener un nene que saliera igual al padre. El padre, sin embargo, quería una beba igualita a mí. Hay que aclarar que eso parece ser un fenómeno recurrente en parejas jóvenes y enamoradas a la espera de su primer hijo, así que queda justificada la cursilería. En el momento del parto, cuando me dijeron que era un varón, me puse contenta porque tenía al bebé que había soñado, pero al mismo tiempo sentí una especie de leve tristeza indescriptible, esa sensación de pérdida sin final que tiene uno cuando se ve obligado a elegir y al mismo tiempo a renunciar para siempre a la alternativa no elegida. En este caso no era una elección, pero la sensación era la misma. Algo parecido pasó cuando nació el segundo. Mi idea era tener "dos de lo mismo", y así fue. Y la misma sensación de haberme perdido algo que no podía ser nunca jamás se repitió en el segundo nacimiento.

¿Y a qué viene todo esto? A que mi hijo menor está de novio y no es ninguna tontería, no. La historia empezó cuando estaba en segundo grado, creo, y ahora está en cuarto. Hoy llegó a casa totalmente enamorado y feliz. Cuando nos abrazamos para saludarnos, le sentí un olor raro y pensé que lo tenía que mandar a bañarse. Al rato, acurrucados los dos mirando tele, me cuenta que en la clase de no se qué les habían mostrado una película y que se había pasado toda la película con mi tocaya (sí, se llama igual que yo) recostada en su hombro haciéndole mimitos. En eso, se huele la ropa y me dice: "Mmmm, huele a Anna". Olía a otra. Y yo lo estaba por mandar a bañarse.

Dicen que las mujeres nos enamoramos usando algunos criterios bastante antiguos y que de esa manera seleccionamos al hombre que más nos conviene para tener hijos, un hombre compatible genéticamente con nosotras mismas pero, al mismo tiempo, lo suficientemente distinto como para que se produzca algún mecanismo de selección que reemplace genes más "débiles" por sus correspondientes más exitosos. Por ejemplo, yo soy muy miope. La miopía es un característica dominante, por lo que si tenía hijos con otro miope, el único resultado posible iba a ser hijos miopes. Para evitar eso, toda la vida tuve tendencia a enamorarme de hombres no miopes y parece ser que la estrategia tuvo éxito. En una de las últimas visitas al oculista, este nos aseguró que el mayor ya pasó la edad en que se revela la miopía. ¿Qué yo elegía a mis novios porque no usaban anteojos? No, no en realidad. Yo los elegía porque me gustaba cómo olían. Y mi marido era el que más rico olía de todos.

Y así estamos, mi sensación de pérdida infinita por no haber tenido hijas ahora se explica; con toda seguridad está determinada por la imposibilidad de haberles pasado mi criterio de selección atávico, el olfato. Y mi desconfianza hacia mis futuras nueras proviene de que, en realidad, son ellas las que elegirán, y no yo, a través de mis hijas.

En fin, quizás lo mejor sea respirar hondo, dejarlos ser felices y confiar en que ellos van a saber elegir igual de bien que su padre cuando llegue el momento.

domingo, 11 de febrero de 2007

Otra de esas búsquedas

Si uno busca en Google fotos de los chicos mas lindos del mundo menores de trece años, también llega hasta aquí.

Casi me tienta a publicar una foto de mi hijo mayor. Pero desistí cuando me di cuenta de que ya tiene 13 años.

jueves, 8 de febrero de 2007

Anuncios inclasificables

El cambio de versión de Blogger debe haber tenido algunos resultados que no se esperaba nadie. Uno de ellos es un nuevo blog colectivo originado en la furia de Alex cuando se encontró arrinconada entre la versión vieja y la versión nueva. A partir de su ira, y no exactamente en este orden, creó Siete Pecados, lo convirtió en comunal y lo dedicó a la exaltación y el panegírico de esas siete conductas humanas que según la teología católica merecen el nombre de siete pecados capitales, lo peor de lo peor, lo que define la parte más baja e indefendible de nuestra naturaleza humana.

Por ahora, los integrantes de la comuna somos Alex, Mikaelina, Indiana y yo. Se aceptan más comuneros, por supuesto. El que desee convertirse en uno de ellos debe mandarle un mail a Alex que cursará la necesaria invitación.

viernes, 2 de febrero de 2007

Sexo, hijos y política

Dicen que si sólo las mujeres hubieran votado en las elecciones presidenciales del año 2000 en los EE.UU., el presidente hubiera sido Al Gore y no Bush. En cambio, si a las mujeres les hubieran prohibido votar en los sendos referendos que hubo en Dinamarca y Suecia para adherir a la Unión Monetaria, las coronas hoy serían parte de la misma historia de la que forman parte la peseta, la drachma y el marco alemán. Si uno tiene en consideración que entrar a la UME era más aceptado por la derecha que por la izquierda, tenemos aquí dos ejemplos de que las mujeres tienden a votar más hacia la izquierda que los hombres, un fenómeno creciente en los países "modernos" en los últimos 30 años.

Una justificación de este fenómeno la dan dos señoras en este artículo en el que nos dicen que el hecho está bastante asociado a la legalización y consiguiente aumento del divorcio en las sociedades modernas. Las razones subyacentes detrás de la explicación no le van a gustar a nadie, por lo menos a mí no me gustaron nada, pero ahí van.

Así como están dadas las cosas, la maternidad sigue siendo una cuestión de mujeres y los hijos son más propiedad de la madre que del padre –los hijos de una madre soltera son, ante la ley, suyos y nada más que suyos. Una mujer transfiere parte de esos derechos de propiedad al padre por medio del casamiento. Pero esa transferencia de derechos no es gratis, no. Como las mujeres tienen cierta tendencia a elegir maridos más ricos que ellas, con el casamiento el marido transfiere parte de sus ingresos a su mujer. El marido se garantiza así no sólo sexo gratis, sino también derechos de paternidad sobre la progenie de la mujer (y esperemos que propia, también, lo que no siempre suele ser el caso, como se vio acá).

En sociedades donde las mujeres ganan menos que los hombres (todas, bah!), casarse hace más pobres a los hombres y más ricas a las mujeres, mientras que divorciarse lleva a todo lo contrario. Si además tenemos en cuenta que los pobres están más interesados que los ricos en que se distribuya el ingreso, aspecto que suelen tener en sus plataformas los partidos de izquierda, podemos concluir que las mujeres pobres antes de casarse y las empobrecidas después de su divorcio votarán por esos partidos. Además, la existencia de un Estado de Bienestar asegura a las mujeres la posibilidad de subsistencia para ellas y sus hijos sin tener que depender de ningún marido, por lo que cualquier mujer que suscriba a las ideas de independencia económica femenina tendería a votar hacia la izquierda.

En fin, si la teoría es cierta, la suertuda de la foto debe haber votado a Bush.