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miércoles, 14 de marzo de 2007

Comprando sensaciones

A veces en esta familia se tienen ciertas desavenencias. Yo soy una consumidora moderada pero muy curiosa, mientras que mi marido es, decididamente, del estilo puritano. En general, en la situación concreta de ponerse a gastar plata estamos los dos más o menos de acuerdo, pero cuando discutimos sobre el devenir del mundo, hay que reconocer que no tanto.

Mi marido está del todo convencido que la insistencia de las sociedades desarrolladas en impulsar el consumo desenfrenado va a llevar a todo el mundo a la perdición irremediable. La necesidad del crecimiento económico a él le parece un desafuero, un escándalo, una inmoralidad, el camino hacia el infierno. Yo en parte le doy la razón, sobre todo cuando veo un cementerio de autos al costado de una ruta, cantidades de basura arruinando los paisajes, el olor a caucho y combustible en los estacionamientos repletos de los aeropuertos, la forma en que se crían los salmones de criadero, las playas llenas de algas, bolsas de plástico y miles de puchos apagados. Viviendo en uno de los países supuestamente privilegiados del planeta, produce vértigo imaginarse el mismo nivel de consumo para el resto del mundo.

Por otro lado, es difícil saber qué pasaría si de repente, de un día para el otro, la gente decidiera en masa convertirse en seres ahorrativos. Un mundo en decadencia y semiapagadito es lo que me imagino yo. Montones de desempleados deambulando por las ciudades sin demasiado que hacer, sin demasiadas esperanzas de cambiar de vida, negocios vacíos de cosas y de gente, mientras los empleados no saben cómo entretenerse para matar el tiempo. Al fin y al cabo, el hecho de que seamos insaciables es uno de los motores de la Civilización Humana.

Pero, ¿seremos realmente insaciables? Muchas veces me encuentro dando vueltas por los negocios buscando comprar algo que pensaba que necesitaba y de repente decidir que nada me interesa, que me siento bien como estoy y que comprar algo más sólo sería agregar un objeto innecesario más al montón de cosas que juntamos en todos los años que llevamos juntos. Tengo también en casa una buena parte de mi colección de libros sin leer. Algunos discos comprados que ni siquiera escuché una vez enteros. En cuanto a aparatos de distinta laya, en casa se trata de limitarlos. Ahí, la que pone límites al número de televisores, computadoras, autos y ese tipo de inventos soy yo: uno de cada uno, en lo posible.

Pero no soy yo la única que lo siente así, parece. Parece ser que en el mundo hiperdesarrollado, en los países más ricos de la tierra, se observa también una cierta saturación de bienes materiales. Como si la gente, aún los que se imponen restricciones más suaves que las mías, ya hubiera comprado todos los autos, los televisores de pantalla plana, los reproductores de música, los muebles de diseño y los diamantes que le hacen falta. Como si hubiera límites para el deseo de cosas materiales. Y eso lo notan también los fabricantes de objetos.

Entonces hay que ponerse rapidito a inventar algo que siga provocándonos el deseo y las ganas de consumir para convertirnos de nuevo en insaciables, lo que no es algo nuevo del todo, no. Pero en las economías más ricas tiene cada vez más importancia un fenómeno que estos dos señores han dado por llamar la Economía de las Experiencias, aunque a mí me gusta más traducirlo como Economía de las Sensaciones. Ya no se trata tanto de comprar cosas sino experiencias, sensaciones, recuerdos y vivencias. Por eso la gente viaja como nunca antes y consume cultura en las formas más variadas, sale muchísimo de noche y de paseo. De lo que ahora se trata no es más de consumir productos, bienes industriales, sino servicios.

Pero no sólo de servicios vive el hombre (ni tampoco la mujer, por supuesto) sino también del valor agregado en los productos que sirve para estimular nuestra imaginación o para hacernos creer que somos más inteligentes, más atractivos, más cool, mejores personas. Por eso uno se compra un iPod en lugar de cualquier otro reproductor de música, se compra un Porsche en lugar de un Volvo, o viceversa, según quiera creerse cool o inteligente, compra textiles hechos con algodón ecológico turco y no fabricados en la China o decora su casa con muchísimo cuidado y muchísimo estilo aunque después no ande mucho por ahí.

Bueno, y ahí fui yo muy contenta a contarle a mi marido que se había solucionado el tema, que la gente podía seguir consumiendo sin pausa y alegremente porque el consumo ya no era de bienes materiales sino de sueños, esperanzas, expectativas, sensaciones y otras cosas intangibles, que no hacía falta seguir llenando depósitos de basura con cosas tóxicas y viejas ni contaminar océanos con residuos químicos o petróleo, pero tampoco lo convencí del todo. El señor sigue prefiriendo cenar en casa a probar las delicias de algún restaurant sobrevaluado de los que me gustan a mí y mejor todavía si hacemos un picnic en el bosque. Seguirá prefiriendo recorrer el mundo por su cuenta y riesgo a pegarse una semanita de vacaciones en algún spa de lujo en Hungría. Y preferirá mil veces irse con sus hijos a andar todo un domingo en bicicleta o a andar en patines que llevarlos al cine a ver esta película.

Por último, tengo que aclarar que mi marido no es tan puritano en aspectos más relevantes de la vida, lo que lo hace muchísimo más tolerable, por cierto.

miércoles, 3 de enero de 2007

No al futuro

Llegó el año 2007 y mientras todos nos saludábamos deseándonos un feliz año y esperando que el mundo se convierta en un lugar mejor para vivir, un grupo de franceses se reunía en la ciudad de Nantes para expresar su protesta ante el cambio de año. "Non à 2007", tal era su slogan, que acompañado por frases como "¡El 2007 no pasará!" y la maravillosa, por su estatismo, "¡Ahora es mejor!", hacía un llamamiento a los gobiernos y a las Naciones Unidas para que detuvieran "esa carrera loca hacia el futuro". Los manifestantes se reunieron al fin de la tarde para impedir la entrada del nuevo año. La lluvia persistente en lugar de acobardarlos, los animaba. "Hasta el tiempo está en contra del 2007", bromeaban, cantando y calentándose con un buen vin chaud. Apenas después de las doce de la noche, resignados a lo inevitable, reciclaron su slogan, transformando entonces los cánticos en "Non à 2008".

Que esa manifestación sea en Francia parece un signo de los tiempos. Este año se cumplen 50 años del Tratado de Roma, el tratado fundacional de lo que hoy es la Unión Europea. Casi 50 años y unos cuantos Tratados después, Europa se aprestaba a festejar ratificando su Constitución cuando los franceses, uno de los Seis Fundadores, decidieron no aceptarla. Mi impresión todo el tiempo era que los franceses estaban votando en el plebiscito por algo completamente distinto a la Constitución. Y que eso completamente distinto era en cierta medida votar por la parálisis, por un no a los cambios, un no al paso del tiempo y de la vida. Francia justo ahora es como un gran gigante paralizado, una contradicción en un país que tiene una de las demografías más dinámicas de Europa, por lo que el envejecimiento de la población no los afecta demasiado. Tantos bebés en un país de la Vieja Europa es un buen argumento para mirar el futuro con más confianza, diría uno.

El "no" de Francia fue seguido por un "no" holandés, otro de los Seis, y Europa, a su vez, también quedó semi-paralizada. ¿Qué hacer con los países candidatos, con los países balcánicos, pero sobre todo con Turquía, que si entra será el segundo país más grande de Europa? ¿Cómo adaptar los mecanismos de decisión políticos a una Europa de Treinta o más, en lugar de sólo Quince? ¿Cómo revitalizar al Viejo Continente, para que no pierda posiciones en un mundo globalizado? ¿Qué hacer con las masas de inmigrantes de otros continentes, los que ya están y los que pujan por entrar, que también quieren su porción del Bienestar Europeo? ¿Cómo conseguir incluir en el Bienestar a los excluídos de Europa, las madres solteras, los jóvenes sin educación, los inmigrantes sin idioma, los desempleados sin futuro? Las respuestas a esas preguntas son, para mí, las que causaron el no de los franceses, como si los hubieran asustado tanto que al final la única opción posible, el único paso a seguir parece ser quedarse quieto y decir "¡ahora es mejor!", aunque en realidad no lo sea.

Detener el tiempo es algo que queremos todos. Como me dijo mi suegro en uno de mis últimos cumpleaños "todos queremos llegar a viejos, pero no nos gusta ponernos viejos". Por eso hacemos gimnasia, ensayamos posturas raras, comemos (y tomamos) la máxima cantidad posible de antioxidantes, vamos al médico y nos gastamos fortunas en tratamientos de belleza y cremas antiarrugas. Lo mismo refleja esta situación; muchos queremos que el mundo cambie, pero el porvenir nos asusta y los cambios a veces no van en la dirección que queremos. Pero el paso del tiempo es inexorable, no es posible detenerlo, por lo menos no con manifestaciones y aunque lo fuera, no es seguro que eso nos haga más felices, que es, en última instancia, lo que busca la humanidad desde que el mundo es mundo, creo.