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martes, 8 de enero de 2008

Légèrement desolée

Mi madre, que no por nada es mi madre, sabe que cuando estoy desconsolada lo único que me consuela es un libro interminable. Ahora acaba de mandarme, aunque nada sepa ella de mi desconsuelo –pero no por nada es mi madre– 861 páginas en letras apretadas con los cuentos completos de una escritora neozelandesa muerta de tuberculosis en Francia. No pinta demasiado consolador, pero probamos.

El gusto literario de mi madre suele ser irreprochable.

domingo, 8 de abril de 2007

Un cuento de amor exótico

Para mi hijito menor, el romántico perdido.
Y para Betty Carol, que se niega a conocer al amor de su vida en el supermercado.

L y J se conocieron en la entrada de la Estación Central de San Petersburgo, a punto de tomar el Transiberiano. Ella se estaba comprando el desayuno, algo dulce, algo salado y algo caliente para templarse el cuerpo después de una noche un poco rara. A él se lo notaba bien templado y con ganas de aventuras cuando le preguntó de dónde era y se preocupó un poco por su estado de salud.

Subieron juntos al tren, pero les tocó sentarse en vagones distintos. Ella notaba ya de a poco ese estado indefinido entre la ansiedad y la languidez que precede al amor y trata de concentrarse en el paisaje, mientras se descubre pensando de a ratos en ese chico alto y de ojos celestes que se sienta en algún otro lugar del mismo tren. Al mismo tiempo, en el otro vagón, el chico decide ver cómo está y hacerse amigo de la chica de la mañana.

Ella lo ve aparecer por el pasillo del tren que se sacude bastante, manteniendo el equilibrio sin demasiado esfuerzo, y se le ilumina el alma. Le hace un lugar en su asiento, empujando sin demasiados preámbulos al que está al lado, y empiezan a hablar de todo y de nada. De dónde son, cuantos años tienen, de dónde vienen ahora, el destino del viaje.

En menos de una hora saben todo lo que tienen que saber sobre ellos dos y también sabrán, para siempre, que podrán confiarse la vida mutuamente. Esa noche cenan juntos sin despegar los ojos el uno del otro, sin saber muy bien qué comen. Al otro día, se besan por primera vez, y al tercer día se van a dormir juntos. Descubren que, por esas extrañas casualidades, sus planes de viaje recorren casi el mismo itinerario y deciden cambiar lo que no concuerda para acompañarse durante todo el trayecto.

A partir de ahí no se despegaron más. Dieron la vuelta al mundo en bastante más de 80 días. Se besaron a la luz de la luna en las ruinas de Sacsayhuamán, en las ruinas de Angkor Wat, en las ruinas de Luxor. Durmieron juntos en una tienda hecha de pieles en la estepa de Mongolia, mientras escuchaban el canto del viento y el galopar de los caballos, en la misma bolsa de dormir bajo las estrellas y el aire helado del desierto de Atacama, en una cueva milenaria de Capadocia, sintiendo el frío de las montañas y el aliento de culturas de muchos siglos atrás.

El la salvó de caerse a un precipicio en el Himalaya y le clavó una estaca en el medio del pecho al vampiro que, igualmente enamorado de ella, se la quiso robar en Transilvania, ella lo cuidó sin pausa la noche que a él casi lo disuelve la fiebre que le produjo la mordida de una cobra en el desierto del Sinaí y descubrió el antídoto contra el filtro amoroso con que lo quiso seducir una bruja en Bangladesh.

Nadaron en los corales del Caribe y del Mar Rojo, amanecieron espiando a los leones en el parque del Serengeti y escuchando el canto de los pájaros y la risa de los monos en el del Iguazú. Se mantuvieron juntos todo el tiempo cuando el barco en el que cruzaban de Hong Kong a Manila fue atacado por los feroces piratas que pululan por el Mar de la China Meridional y consiguieron llegar a Manila despojados de todo, pero abrazados y felices.

Antes de volver a Europa adoptaron dos chinitas y una hindú. Diez años después de conocerse y después de haber tenido juntos tres hijos más, se casaron una tarde fresca de septiembre en Bruselas. A la boda sólo fuimos mi marido y yo. Nos tocó, como tantas otras veces, ser los únicos testigos de tanta felicidad.

Ahora viven cerca nuestro. Ella me contó hace poco que sigue sintiendo como esa primera noche en el Transiberiano que el mejor momento del día es ése en el que se meten juntos a la cama y siente, mientras enreda sus piernas con las de él, se instala bajo su abrazo y le huele el cuello, que no habrá ninguna piel que pueda jamás compararse a la suya. A él se le nota cada vez que la mira que sigue sintiendo la misma curiosidad y atracción que lo llevó a preguntarle cómo estaba esa mañana helada en la puerta de la Estación Central de San Petersburgo.

miércoles, 4 de abril de 2007

Cuentos

Mi hijo menor me cuenta sobre todos los cuentos que está escribiendo, cuentos con vampiros y montañas y viajes por el desierto y aventuras peligrosas. Cuentos con brujas y dragones y naves espaciales y amigos que se dan la vuelta al mundo. Me cuenta lo que sueña, los sueños que se le repiten, el primer sueño que se acuerda, los que le dan miedo, los que no quiere que se terminen. El chico escribe y escribe, tiene una carpeta en la Mac reservada nada más que para sus cuentos. Y yo le digo: "A lo mejor yo también me puedo poner a escribir un cuento. Uno de amor. ¿Vas a tener ganas de leerlo?" Y me contesta: "Sí, pero si no es muy exótico".

En realidad quiere decir "Sí, pero si no es muy erótico". El hermano mayor lo tiene harto y él es un romántico perdido.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Beso con luna roja

Último día de vacaciones. Anochecía. Yo volvía a casa por la calle principal, en dirección al lago. Caminaba con la puesta del sol en la espalda, mirando mi sombra que se alargaba y se perdía en las piedras, mientras se iba apagando el sol. De frente y a lo lejos veía la llegada de la noche reflejada en el lago, cada vez más oscuro.

En esa semipenumbra de atardecer tardío fue cuando, al fondo de todo, empezó a salir la luna. Una luna de verano, anaranjada, casi roja, mi luna preferida. Empecé a caminar muy despacio, respirando suavecito, intuyendo el milagro de una salida de luna llena anaranjada en una noche tibia de verano. Un milagro que, inexplicablemente, no se terminaba, se prolongaba más de lo esperado. Pasaron dos, tres, cinco minutos. La luna se quedó trabada en el borde del lago, sólo un bordecito de luna que sobresalía envuelto en la bruma de arreboles.

Mientras esperaba que la medialuna se convirtiera en llena, apareciste en el cruce de una calle y me puse a temblar. Hacía días que nos mirábamos y nos sonreíamos cada vez que nos encontrábamos. Yo sacudía el pelo, mientras me reía con mis amigas y te miraba haciéndome la tonta. Vos hacías gala de destreza en todo lo que podías para impresionarme, buscando mi mirada. Ese atardecer seguí caminando como si nada pasara y empezaste a seguirme, cada vez más cerca. El hilito de luna, todavía envuelto en brumas, se elevaba cada vez más por encima del lago, sin decidirse a convertirse en luna llena. Y entonces todo cuajó en un momento, tu mano que me alcanza, el abrazo que evita la traición de mis piernas temblorosas, el primer beso, la certeza del eclipse de luna total, inesperado.

Me acuerdo que nos metimos en el jardín de una casa abandonada. Debajo de un árbol, nos besamos durante horas sin hablar, sin decir absolutamente nada, solo miradas, sonrisas, murmullos y arrullos en las pausas de los besos. Cuando volví a casa, el eclipse había terminado, la luna, llenísima, ya estaba por la mitad del cielo y los mosquitos habían hecho estragos en mis piernas de verano. Nunca más te volví a ver. Y ni siquiera me acuerdo de si alguna vez me aprendí tu nombre.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Vagando por ahí...

... encontré otro lindo cuentito.

martes, 23 de enero de 2007

Tres cuentos

Mientras termino lo que estoy haciendo, lean tres cuentos que me gustaron mucho. Uno de un Árbol, otro de un Arbusto y otro de un Escriba haciendo política-ficción.