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domingo, 8 de abril de 2007

Un cuento de amor exótico

Para mi hijito menor, el romántico perdido.
Y para Betty Carol, que se niega a conocer al amor de su vida en el supermercado.

L y J se conocieron en la entrada de la Estación Central de San Petersburgo, a punto de tomar el Transiberiano. Ella se estaba comprando el desayuno, algo dulce, algo salado y algo caliente para templarse el cuerpo después de una noche un poco rara. A él se lo notaba bien templado y con ganas de aventuras cuando le preguntó de dónde era y se preocupó un poco por su estado de salud.

Subieron juntos al tren, pero les tocó sentarse en vagones distintos. Ella notaba ya de a poco ese estado indefinido entre la ansiedad y la languidez que precede al amor y trata de concentrarse en el paisaje, mientras se descubre pensando de a ratos en ese chico alto y de ojos celestes que se sienta en algún otro lugar del mismo tren. Al mismo tiempo, en el otro vagón, el chico decide ver cómo está y hacerse amigo de la chica de la mañana.

Ella lo ve aparecer por el pasillo del tren que se sacude bastante, manteniendo el equilibrio sin demasiado esfuerzo, y se le ilumina el alma. Le hace un lugar en su asiento, empujando sin demasiados preámbulos al que está al lado, y empiezan a hablar de todo y de nada. De dónde son, cuantos años tienen, de dónde vienen ahora, el destino del viaje.

En menos de una hora saben todo lo que tienen que saber sobre ellos dos y también sabrán, para siempre, que podrán confiarse la vida mutuamente. Esa noche cenan juntos sin despegar los ojos el uno del otro, sin saber muy bien qué comen. Al otro día, se besan por primera vez, y al tercer día se van a dormir juntos. Descubren que, por esas extrañas casualidades, sus planes de viaje recorren casi el mismo itinerario y deciden cambiar lo que no concuerda para acompañarse durante todo el trayecto.

A partir de ahí no se despegaron más. Dieron la vuelta al mundo en bastante más de 80 días. Se besaron a la luz de la luna en las ruinas de Sacsayhuamán, en las ruinas de Angkor Wat, en las ruinas de Luxor. Durmieron juntos en una tienda hecha de pieles en la estepa de Mongolia, mientras escuchaban el canto del viento y el galopar de los caballos, en la misma bolsa de dormir bajo las estrellas y el aire helado del desierto de Atacama, en una cueva milenaria de Capadocia, sintiendo el frío de las montañas y el aliento de culturas de muchos siglos atrás.

El la salvó de caerse a un precipicio en el Himalaya y le clavó una estaca en el medio del pecho al vampiro que, igualmente enamorado de ella, se la quiso robar en Transilvania, ella lo cuidó sin pausa la noche que a él casi lo disuelve la fiebre que le produjo la mordida de una cobra en el desierto del Sinaí y descubrió el antídoto contra el filtro amoroso con que lo quiso seducir una bruja en Bangladesh.

Nadaron en los corales del Caribe y del Mar Rojo, amanecieron espiando a los leones en el parque del Serengeti y escuchando el canto de los pájaros y la risa de los monos en el del Iguazú. Se mantuvieron juntos todo el tiempo cuando el barco en el que cruzaban de Hong Kong a Manila fue atacado por los feroces piratas que pululan por el Mar de la China Meridional y consiguieron llegar a Manila despojados de todo, pero abrazados y felices.

Antes de volver a Europa adoptaron dos chinitas y una hindú. Diez años después de conocerse y después de haber tenido juntos tres hijos más, se casaron una tarde fresca de septiembre en Bruselas. A la boda sólo fuimos mi marido y yo. Nos tocó, como tantas otras veces, ser los únicos testigos de tanta felicidad.

Ahora viven cerca nuestro. Ella me contó hace poco que sigue sintiendo como esa primera noche en el Transiberiano que el mejor momento del día es ése en el que se meten juntos a la cama y siente, mientras enreda sus piernas con las de él, se instala bajo su abrazo y le huele el cuello, que no habrá ninguna piel que pueda jamás compararse a la suya. A él se le nota cada vez que la mira que sigue sintiendo la misma curiosidad y atracción que lo llevó a preguntarle cómo estaba esa mañana helada en la puerta de la Estación Central de San Petersburgo.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Beso con luna roja

Último día de vacaciones. Anochecía. Yo volvía a casa por la calle principal, en dirección al lago. Caminaba con la puesta del sol en la espalda, mirando mi sombra que se alargaba y se perdía en las piedras, mientras se iba apagando el sol. De frente y a lo lejos veía la llegada de la noche reflejada en el lago, cada vez más oscuro.

En esa semipenumbra de atardecer tardío fue cuando, al fondo de todo, empezó a salir la luna. Una luna de verano, anaranjada, casi roja, mi luna preferida. Empecé a caminar muy despacio, respirando suavecito, intuyendo el milagro de una salida de luna llena anaranjada en una noche tibia de verano. Un milagro que, inexplicablemente, no se terminaba, se prolongaba más de lo esperado. Pasaron dos, tres, cinco minutos. La luna se quedó trabada en el borde del lago, sólo un bordecito de luna que sobresalía envuelto en la bruma de arreboles.

Mientras esperaba que la medialuna se convirtiera en llena, apareciste en el cruce de una calle y me puse a temblar. Hacía días que nos mirábamos y nos sonreíamos cada vez que nos encontrábamos. Yo sacudía el pelo, mientras me reía con mis amigas y te miraba haciéndome la tonta. Vos hacías gala de destreza en todo lo que podías para impresionarme, buscando mi mirada. Ese atardecer seguí caminando como si nada pasara y empezaste a seguirme, cada vez más cerca. El hilito de luna, todavía envuelto en brumas, se elevaba cada vez más por encima del lago, sin decidirse a convertirse en luna llena. Y entonces todo cuajó en un momento, tu mano que me alcanza, el abrazo que evita la traición de mis piernas temblorosas, el primer beso, la certeza del eclipse de luna total, inesperado.

Me acuerdo que nos metimos en el jardín de una casa abandonada. Debajo de un árbol, nos besamos durante horas sin hablar, sin decir absolutamente nada, solo miradas, sonrisas, murmullos y arrullos en las pausas de los besos. Cuando volví a casa, el eclipse había terminado, la luna, llenísima, ya estaba por la mitad del cielo y los mosquitos habían hecho estragos en mis piernas de verano. Nunca más te volví a ver. Y ni siquiera me acuerdo de si alguna vez me aprendí tu nombre.

lunes, 13 de noviembre de 2006

Señales de infidelidad

El juego del post anterior es un juego estático, porque todo sucede en un momento determinado y se termina ahí, y con información completa, porque todos los jugadores tienen toda la información que tienen que tener para jugar de la mejor forma posible. La vida real, para tranquilidad de los amantes de las emociones y gran preocupación de los conservadores, no es así, por supuesto. En la vida real la gente se pasa unos cuantos años de su vida probando y eligiendo hasta que al final toma una decisión, que en una alta proporción de los casos no es la mejor de todas porque uno termina comprando gato por liebre, como lo indica el número de divorcios.

Yo creo que un juego de señales es un buen punto de partida para analizar algo así. Un juego de señales es un juego de información imperfecta o incompleta que sucede en varios tiempos. En el juego hay dos participantes o agentes, un emisor y un receptor. El emisor puede ser de varios tipos, aspecto que está determinado por la "naturaleza" y sólo él sabe de qué tipo es. El emisor elige hacer algo para enviarle al receptor una señal que puede darle a éste una pista para averiguar de qué tipo es aquel (el emisor), pero también puede confundirlo. Una vez recibida la señal, el receptor elige un curso de acción que tiene consecuencias para los dos participantes, que entonces reciben el premio o pago, con lo que el juego llega a su fin. En algunos juegos enviar la señal cuesta algo, en otros no y entonces se habla de cheap-talk games o un juego en el que hablar no cuesta nada. En este vamos a suponer que emitir la señal no es gratis, pero eso se podría revisar, si les parece más adecuado.

En este caso vamos a imaginarnos que hay dos jugadores, pero que los dos son emisores y receptores a la vez. Los jugadores pueden ser de dos tipos: fiel o infiel, pero sólo ellos saben si son fieles o infieles, el otro lo tiene que descubrir, o por medio de la señal, o cuando las cartas ya están echadas al fin del juego. También vamos a imaginarnos que el tipo fiel tiene más posibilidades de atraer a las personas del sexo opuesto, ya que tanto los fieles como los infieles se sienten atraídos por los fieles, por una razón u otra. Como el fiel corre con ventaja, ya que la fidelidad seduce de por sí, el jugador de tipo infiel tiene que hacer un esfuerzo extra para mostrarse atractivo. Ese esfuerzo extra podría ser, por ejemplo, aprender a bailar, aprender tres o cuatro idiomas extranjeros, aprender a mentir, interesarse por la forma de pensar del otro, convertirse en experto en un tema determinado, o simplemente simular que se es fiel, renunciando por un tiempo más o menos largo a tirarse una cana al aire. Préstese atención al hecho que para el auténtico fiel no hay ningún problema en ser fiel, al único que le resulta difícil y costoso es al infiel.

El juego podría formalizarse mejor, pero yo acá no tengo ganas y además voy a terminar aburriéndolos a todos, pero podemos imaginarnos las combinaciones resultantes. La primera combinación es la de un fiel con otro fiel. Estos, pasadas todas las otras pruebas de atracción indispensables (olor atrás de la orejita, temperatura de la piel, intereses comunes, etc.), terminarán juntos y se serán fieles por toda la eternidad viviendo felices y comiendo perdices.

Una segunda combinación es la de un fiel con un infiel al que le compensó el esfuerzo de hacerse pasar por fiel. En este caso el infiel habrá convencido al fiel de la eternidad de su amor y posiblemente hayan formado una pareja. Después de unos pocos o muchos años, determinados a su vez por la sagacidad del fiel, el infiel mostrará la hilacha para desconsuelo y desesperación del engañado que a esa altura de la vida habrá invertido tanto en esa persona que le será realmente duro superar la desilusión y el desengaño.

La tercera combinación posible es la de un fiel con un infiel al que hacer el esfuerzo de hacerse pasar por fiel le resultó demasiado gravoso. Aquí el fiel no pierde demasiado tiempo a no ser que sea un empecinado y crea que va a conseguir que el infiel se convierta en fiel, pero eso del empecinamiento ya nos convierte a este juego en otro juego y lo complica demasiado. El infiel por su parte va a tener que seguir buscando a quién atraer con sus pobres dotes seductivas o seguir invirtiendo en mejorarlas.

Por último, la cuarta combinación sería la de un infiel con otro infiel. Estos dos se lo pueden pasar bastante divertido si ninguno de los dos es celoso –se puede ser infiel y celoso a la vez, señores– y tomárselo con calma. Pero en caso de que alguno de los dos lo sea tendremos drama, comedia y telenovela durante unos cuantos años, porque aunque dicen que los opuestos se atraen, la dosis de adrenalina que provocara este encuentro de semejantes los mantendrá enganchados por déficit de aburrimiento. Esta combinación ya crea un juego de por sí, lo que dejo pendiente como extensión del modelo.

Se puede reemplazar lo de fiel por alguna otra virtud que convierta a las personas en atractivas, matrimonialmente hablando.

sábado, 28 de octubre de 2006

El gato, el desamor y la muerte

En uno de esos pocos momentos en la vida en los que me sentí lo suficientemente segura de mí misma como para emitir arrogantes juicios sobre otra gente (deben haber sido dos, uno a los diez años y otro a los treinta), tuve una experiencia a la que podría llamar reveladora.

Una pareja de amigos hacía una fiesta con muchos invitados entre los cuales estaban los padres de ella. El padre, un señor muy simpático y alegre aunque un poco simplón, estaría, supongo, un poquito más alegre que de costumbre debido a que la fiesta estaba bastante bien regada, como toda buena fiesta que se precie. La madre, una señora también muy simpática, pero del tipo ácido, esas señoras que consiguen que uno se ría bastante cada vez que abren la boca y largan algún comentario aparentemente inocente pero en realidad terriblemente incisivo. Esa noche, en el apogeo de la fiesta, él la invitaba a bailar con toda dulzura y ella lo rechazaba una y otra vez con una terrible cara de culo.

En un primer momento yo me imaginé que ella estaba enojada porque él estaba borracho, pero después de un rato me di cuenta que no sólo él no estaba tan borracho como para que ella se enoje tanto, sino que, además, lo de ella daba la impresión de ser algo de bastante larga data, una especie de rencor, o de desprecio, que llevaba años acumulándose.

En ese entonces yo estaba embarazada de mi primer hijo y para mí la vida en ese momento, como toda mujer que haya pasado por la misma experiencia sabe, era nada más que paz y amor, por lo que esa especie de revelación me dejó bastante mal gusto en la boca. ¿Qué hace que una mujer trate tan mal a su marido después de un tiempo? ¿Los muchos años de convivencia? ¿Alguna ofensa imperdonable pero que sin embargo no justificó el divorcio? ¿El aburrimiento? ¿La desilusión? ¿La falta de compañerismo? ¿Frustraciones personales proyectadas en el otro? Y lo peor de todo ¿También yo iba a terminar haciendo lo mismo veinte años más tarde?

Todo esto viene a cuento porque acabo de terminar de leer la primera novela belga que leí en los últimos dos años, Le chat de George Simenon. Simenon es un escritor belga terriblemente prolífico y supongo que el escritor belga más famoso antes que apareciera la también prolífica Amélie Nothomb. Le chat es una preciosa novelita que nos cuenta la historia de dos viudos que se encuentran, se casan y se van a vivir juntos a la casa de ella, aunque en realidad no se aguantan. Como los dos personajes no se dirijen la palabra, la historia está contada principalmente desde el punto de vista de él y aunque nos encontramos con ellos cuando ya tienen más de setenta años, la novela nos va llevando hacia atrás y hacia delante por medio de sus recuerdos y de sus experiencias. Cuando empecé a leerla, un poco shockeada por el trato que se prodigaban, yo me preguntaba ¿Por qué si los dos eran viudos volvieron a casarse? Y después... ¿Qué necesidad tenían de seguir juntos?

Simenon nos va dando todas las respuestas de a poco, casi con cuentagotas. Durante el transcurso de la novela, se van respirando distintos ambientes. Un ambiente gélido al principio, lleno de desprecio y desconfianza, deja paso a unas escenas de mucha intensidad y muy violentas hasta que todo se calma cuando él se va de la casa. Uno disfruta junto con el viejo de ese período de casi felicidad en la primavera parisina, hasta que ella vuelve a aparecer y, sin mediar palabra alguna, lo convence para que vuelva con ella. De alguna forma se necesitan, aunque no se quieran, quizás sólo para no estar sólos en el momento de morir, porque la novela termina siendo, al final de cuentas, las reflexiones sobre el amor, el desamor, la vejez y la muerte de un escritor que a esa altura, y después de una vida tan intensa que a mí me cuesta imaginarla, se iba empezando a poner viejo.

lunes, 27 de febrero de 2006

De amor y de triángulos

Ayer me tocó ir al cine, después de tanto tiempo. Por casualidades de horario, terminé en Flagey, Studio 5, donde por estos días tienen una serie de películas con Jeanne Moreau. Terminé viendo Jules et Jim, un clásico de Truffaut, uno de mis directores favoritos de mi época de mocosa intelectual pedante que sólo veía cine europeo y de autor en la Cinemateca de la calle Sarmiento o en el San Martín. Descubrí que, pese a todo, soy bastante ignorante, porque en realidad sólo vi muchas de sus últimas películas, pero ninguna de las de los años '60.

Me encanta ver este tipo de películas, por dos o tres razones. Una es que me gusta ver si la película envejeció bien, es decir ver si todavía es capaz de decir algo o de emocionarnos con más de cuarenta años encima. Otra es la de ver qué es lo que siento yo al volverla a ver, comparado con lo que sentí o pensé a los 20 años, cuando no era nada más que una post-adolescente sin demasiadas conexiones cerebrales, pero esto sólo se da cuando la película ya la vi antes, lo que no era el caso hoy. Otra, por fin, es una especie de curiosidad antropológica, para ver si los temas que hace 40 años preocupaban a la humanidad siguen preocupándonos.

El triángulo amoroso parece ser uno de esos temas, además de ser una de esas situaciones paradigmáticas que apelan a la imaginación del ser humano, lo que prueba el hecho que al buscarlo en IMDb, aparezcan 446 películas donde se trata el tema de alguna u otra forma. Debe ser porque más de uno o una estuvo alguna vez enamorado de dos personas al mismo tiempo y la fantasía más fuerte en ese momento es la de poder convivir con las dos pacífica y amantemente. En la vida real, tal convivencia casi nunca es posible, ya que no sólo los celos por parte de las dos personas del mismo sexo son inevitables, sino que también el vértice del triángulo se siente bastante inseguro ante la falta de sentido de posesión de cualquiera de los otros dos. Uno se siente realmente amado cuando el otro te quiere todo entero, supongo.

Jules et Jim es la historia de dos amigos enamorados de la misma mujer. De ella uno no termina de descubrir si se enamora primero de uno y después del otro, o si se enamora del primero porque llegó antes, aunque sino se hubiera enamorado del segundo, o si se enamora del segundo para compensar que antes se enamoró del primero, o qué. De ellos, uno está mucho más enamorado y es mucho más valiente que el otro y es, curiosamente, el menos celoso de los dos. El personaje de ella es fascinante y un poco indescifrable y Jeanne Moreau la interpreta maravillosamente con esas ojeras oscurísimas y esa boca de amargada que a veces le sale.

La película envejeció fantásticamente bien y me pareció preciosa. Final feliz no tiene. En IMDb descubrí, además, que ganó el premio al mejor director en el festival de cine de Mar del Plata y el Bodil a la mejor película extranjera, otra de esas casualidades que me encantan y que a veces descubro.

martes, 7 de febrero de 2006

Receta de feliz cumpleaños

Mi blog no tiene demasiado sexo, o por lo menos el tema ocupa en el blog bastante menos lugar de lo que ocupa en mi cabeza, o en mi tiempo libre. De alguna u otra manera, la palabreja se las arregla para aparecer, porque en la lista de palabras que la gente pone en Google o en algún otro robot y hace que terminen aquí, la palabra "sexo" está dos veces y "sexy" una (en algún momento también aparecían "helado" y "placer", mmmmm....). La última búsqueda fue muy divertida: "ser un hombre sexy". Supongo que el que la buscaba estaba buscando una receta para convertirse en un hombre así (también estoy suponiendo, quizás equivocadamente, que fue uno que quería aprender cómo serlo y no una que quería aprender cómo detectarlos) y como a esta altura de mi vida me animo a pensar también que soy capaz de darla, ahí va:

Un hombre sexy está lleno de pasión. Pasión por lo que hace, pasión por lo que encuentra, pasión por lo que dice, pasión por las personas con las que está.

Un hombre sexy te mira y en su mirada hay una mezcla de cariño, dulzura, ternura, avidez, curiosidad y deseo que hacen que no puedas despegarte de sus ojos.

Un hombre sexy sonríe y le aparece un pocito en una mejilla o uno en cada una y si sigue sonriendo todo el día, mejor.

Un hombre sexy te abraza y no te suelta y entonces aparece un calorcito que tiene la temperatura justa que estabas esperando y hace que no tengas demasiadas ganas de despegarte.

Un hombre sexy te besa y sus labios son fuertes y suaves a la vez, su lengua se acomoda a la tuya perfectamente, su saliva combina perfectamente con la tuya y su aliento te sirve de oxígeno y huele a un paseo por el bosque una mañana de verano.

Un hombre sexy te lleva a la cama sin que te des demasiado cuenta de cómo llegaste hasta ahí, ni de cómo te quitó la ropa, sólo una sensación de remolino, de rodillas blandas, de caerse de a poco.

Un hombre sexy tiene una mirada después de hacer el amor que te hace dar ganas de repetir el acto para volver a verla.

Un hombre sexy come de todo y toma de todo. No deja de comer un guiso porque tiene cebolla o demasiado picante y de vez en cuando, pero sólo de vez en cuando, se agarra una buena borrachera y termina cantando a los gritos con los amigos por la calle.

Un hombre sexy te lleva a pasear por el Amazonas sin equipo y te hace sentir segura de que es el paseo más normal del mundo.

Un hombre sexy te acompaña a parir y no sólo no hace falta cuidarlo a él para que no quede impresionado, sino que al final te queda la sensación de que sin él al lado jamás hubieras podido.

Un hombre sexy lleva a tus hijos a aventurarse por la vida y les enseña cosas que jamás podrían haber aprendido de vos. Los ayuda a soltarse si te ponés demasiado sobreprotectora, pero los protege si te desentendés de ellos.

Un hombre sexy te hace sentir que te ponés más linda con cada cumpleaños y que envejecer juntos será toda una fiesta.

Un hombre sexy tiene hambre de todo. Es curioso, creativo y valiente. Y no deja nunca de aprender.

Bueno, y ahora busquen todos los "sexos" y "sexys" que se les ocurran, nomás.

sábado, 10 de diciembre de 2005

Amor de largo plazo

La cercanía física entre hermanos de distinto sexo, cuando se prolonga demasiado en el tiempo, suele producir relaciones equívocas. ¿Qué quiere decir equívocas? Quiere decir relaciones que terminan pareciéndose al matrimonio. Más que al matrimonio, al amor. Usted habrá visto que los matrimonios largos y bien avenidos transforman la pasión del amor en una especie de hermandad incestuosa. Con los hermanos pasa al revés.

Abelardo Castillo. La que espera. en El espejo que tiembla.

A lo mejor por eso, para recuperar una o dos veces a lo largo de estas larguísimas vidas que nos tocan vivir en el siglo XXI un poco de esa pasión amorosa primigenia que uno siente una o dos veces en 80 años, hay que matizar con un amante, o dos. Pero nada de cosas tibiecitas. Que para eso nos quedamos en nuestra bien avenida hermandad incestuosa. Una pasión de verdad, una que te sacuda las entrañas y te haga sentir tantas mariposas dando vueltas por la barriga que la sensación sea parecida a las náuseas y una donde las piernas te tiemblen tanto y las rodillas se te pongan tan blanditas que la única solución sea terminar en una cama, desmayada de amor y de deseo.