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domingo, 14 de septiembre de 2008

El arquitecto del desierto

En el Palais de Beaux Arts de Bruselas, mejor conocido como "Le Bozar", la primera Casa de la Cultura que se construyó en Europa y diseñada nada menos que por Victor Horta cuando había dejado el Art Nouveau para pasarse al Art Déco, se puede hacer de todo un poco: ver películas, ir al teatro, escuchar un concierto, pasar toda la tarde en una exposición de cualquier cosa. O en dos, o en tres...

Y eso fue lo que hicimos ayer a la tarde, llevados de la mano del hijo menor que, encandilado por el título de una exposición llamada "It's not only Rock 'n' Roll, Baby!", no sabía en la que se estaba metiendo.

Porque pagando el precio de un ticket combinado, gratis en el caso del hijo menor, uno accedía no sólo a la exposición donde ciertas estrellas del rock 'n' roll desde los '60 hasta los '00 mostraban sus más o menos felices experimentos plásticos, sino también a dos exposiciones fotográficas y a una de un escultor belga llena de unas máquinas de lo más lúdicas.

La exposición "Mapas abiertos", que era la que yo quería ver, llevaba ya como tres meses en Bruselas y, según tengo entendido, lleva además como tres años recorriendo el mundo mostrando el trabajo de una buena cantidad de fotógrafos latinoamericanos bastante jóvenes. Había fotos de artistas peruanos, ecuatorianos, venezolanos, brasileños, mexicanos y, por supuesto, cuatro o cinco argentinos, uno, cuyo nombre no consigo acordarme ahora, con una serie de fotos del suelo –literalmente– de mi patria que llevaba el más que poético nombre de "La pampa es como un cielo al revés".

La exposición está organizada alrededor de tres ejes: Rituales de identidad, Escenarios e Historias alternativas y yo, posiblemente influenciada por el edificio por el que estoy paseando, me quedo detenida en los escenarios. Ahí, entre unas impresionantes fotos de unos edificios caraqueños con nombres de porcelana pero con las ventanas cegadas y otras de los interiores falsos que sirven de decorado a las telenovelas, me encuentro con cuatro o cinco fotos de una Argentina que yo no conocía hechas por el fotógrafo Esteban Pastorino.

Repartidos por toda la provincia de Buenos Aires, pero más hacia el suroeste, como hacia la línea de los fortines de la época de Rosas y de Alsina, ahí donde los pueblos tienen nombres como Carhué, Guaminí o Saliqueló o sino de coroneles y generales de las campañas del desierto, hay 60 edificios que forman una colección especialísima. La historia es bastante rara, la verdad, y se puede leer más acá o acá. Es la historia de un arquitecto de lo más original, de nombre Salomone o Salamone, que durante cuatro años, de 1936 hasta 1940, bajo los auspicios de un gobernador bastante poco liberal, se dedicó a construir municipalidades, mataderos y cementerios dándose todos los gustos, experimentando con hormigón y materiales nobles de las pampas argentinas, jugando con varios estilos arquitectónicos modernistas desde el art-decó hasta el cubismo checo, todo, dicen, con cierta impronta fascista.

Pero los edificios son preciosos, y las fotos de Pastorino los muestran en su aspecto más alucinante, casi como si fueran los antiguos fantasmas de una Argentina que dan muchas ganas de recorrer y con la que tendría que diseñarse un nuevo circuito turístico: la Buenos Aires salamónica.

martes, 18 de marzo de 2008

Qué emoción

Mañana se estrena una película argentina en Bruselas. Es la tercera vez en (casi) diez años que eso pasa, así que espero que sea igual de buena que las otras dos.

miércoles, 31 de octubre de 2007

El vigaucho

Salimos a la calle y los primeros fresquetes invernales ya se empiezan a notar en Bruselas. Mi hijo menor se pone menos ropa que la que cualquier madre con un cierto sentido de la responsabilidad aceptaría y entonces se sucede el siguiente diálogo:

-Abrigate un poco, nene.

-Mamá, dejame ¿no ves que soy un vikingo? -dice, mientras saca pecho y se inventa músculos.

-No, abrigate más, mocoso, que vos no sos todo vikingo. Nomás sos medio vikingo.

-Ah, sí! -Y se le abren los ojazos mientras la idea le pasea por el cerebro.

-Medio vikingo, medio gaucho, -me río y le saco la lengua.

-Un vigaucho! -exclama. No, mejor un gaukingo!

Inventa palabras, se ríe. Y se abriga, el mesticito.

jueves, 5 de julio de 2007

De migrantes y remesas

Las razones por las que la gente emigra son muchas y variadas. A las clásicas de “amor y guerra” se les suman las económicas, el deseo de tener una vida más desahogada en otro lado, y las aventureras, el deseo de tener una vida más interesante en otro lado. De todas maneras, y quizás por haber visto algunos casos, yo creo que aún las del amor y de la guerra tienen que ver con motivos materiales. Cuántas guerras que se desatan a causa del petróleo, de los diamantes o de algún otro recurso escaso, cuántos amores que terminan o no según sea más o menos el bienestar económico de los amantes. Sin ir más lejos, sin la hiperinflación en ciernes del año ’87 y el clima de caos del año '88, es bastante probable que mi atractivo marido danés se hubiera animado a quedarse en Buenos Aires, como era su intención por aquellos años.

Pero mientras que la migración por razones de amor o de guerra está más o menos permitida –casi todos los países, salvo excepciones, permiten el ingreso al cónyuge de un nativo y existen convenios internacionales que dejan acceder a los refugiados políticos– emigrar de un país pobre a uno rico nomás para tener la posibilidad de conseguir un trabajo mejor pago no está dentro de las reglas del juego.

De todas formas, hay gente que lo intenta. Las historias dramáticas de los mexicanos para entrar a los EE.UU. y las de los africanos desembarcando semidesnudos y muertos de frío en cualquier playa europea o ahogándose en el Mediterráneo, así lo demuestran. Y algunos países permiten más o menos esa inmigración ilegal, porque les soluciona algunos problemas de mercado de trabajo en el corto plazo.

Bruselas está llena de esos inmigrantes ilegales latinoamericanos. Montones de ecuatorianos (yo me pregunto: ¿quedará gente todavía en Ecuador?), pero también colombianos, peruanos, cubanos y hasta algunos argentinos se instalan sin permiso de residencia y, por ende, totalmente desprotegidos, a merced de las enfermedades, los accidentes, las casualidades, las razzias, la deportación, para trabajar como albañiles, cocineros, pintores o mozos, ellos, como empleadas domésticas o niñeras, ellas. Y siempre, siempre, arriesgándose a que un buen día los agarre la policía mientras vuelven a su casa en el tranvía, les haga pasar un buen susto y un maltrato y terminen en un avión, camino a casa, con la prohibición eterna de volver.

Las historias de muchos de ellos son terribles. En su país de origen quedan hijos chiquitos, padres ancianos, maridos abandonados o parásitos, hermanos o parientes que esperan salvarse gracias a los esfuerzos del emigrado. Y el emigrado se desloma, trabaja 10, 12 horas por día en algún trabajo insalubre o con horarios rarísimos para conseguir un ingreso equivalente a lo más bajo de la escala nativa, para mandarle más de la mitad a la familia que quedó allá, en parte porque lo necesitan, en parte para atenuar la culpa del abandono, en parte para poder demostrar que afuera les va mejor, sin posibilidades de ahorrar ni para el presente ni para la vejez y viviendo con lo justo en una precariedad y una inseguridad que a muchos nos costaría imaginar.

Dicen que esas remesas que los emigrantes del Tercer Mundo envían a sus familias son más útiles que cualquier ayuda oficial al desarrollo. Que sea así. El sacrificio de los emigrados se lo merecería.

domingo, 25 de marzo de 2007

La cincuentona

En la ciudad de Florencia hay un archivo donde se guardan todos los documentos oficiales de la Unión Europea. Entre ellos hay un documento que se firmó hace hoy 50 años en otra ciudad italiana. Ese documento se conoce como el Tratado de Roma y es el tratado fundacional de lo que hoy por hoy es la Unión Europea y terminará siendo vaya a saber qué, pero que en ese momento sólo era la Comunidad Económica Europea, una asociación de países con intenciones de cooperar económicamente y de eliminar barreras al libre comercio entre ellos.

El germen de lo que hoy es la Unión, y mucho más todavía, estaba, sin embargo, muy presente en las mentes de una serie de visionarios a los que se llama "Los Padres Fundadores", un nombre casi mitológico, que se imaginaban una Europa unida donde pudieran dejarse atrás para siempre sucesos terribles como las dos guerras. A partir de hoy se inicia en toda Europa una serie de festejos que va a seguir durante todo un año para darle la merecida importancia a un hecho que quizás haya significado el comienzo de una larga era de paz, bienestar, justicia y solidaridad entre un conjunto de países que llevaban siglos destruyéndose entre ellos.

En esos 50 años los cambios en Europa fueron impresionantes. El proyecto es, en realidad, único en la historia de la humanidad y es más impresionante aún cuando uno considera las divergencias entre todos los participantes. Las barreras aduaneras se eliminaron por completo en 1968, sólo 10 años después del comienzo y bastante antes de lo planeado, tantas eran las ganas de colaborar de los seis miembros iniciales.

A partir de ahí una serie de transformaciones –la unificación del mercado interior, la libre movilidad de las personas, la casi desaparición de las fronteras interiores, la moneda común, las sucesivas ampliaciones hasta llegar a los actuales 27, la política exterior y de seguridad y justicia más o menos coordinadas, la coordinación limitada de la política fiscal y, sobre todo en el último tiempo, la liberalización del mercado de servicios y la cooperación en temas de energía y medio ambiente– terminaron de darle forma a este proyecto único que seguirá, sin duda, renovándose en los próximos años.

El cumpleaños se ensombrece un poco porque el proyecto parece estar pasando por una crisis –al fin de cuentas son cincuenta años– y pese a la impresionante seguidilla de logros y buenas noticias no termina de convencer a la mitad de los que más importan, sus ciudadanos. Encima de todo hace un par de años el objetivo político más importante desde el Tratado de Roma, dotar a la Unión de un Tratado Constitucional, fue rechazado nada menos que por los franceses y por los holandeses, dos de los Seis Fundadores.

Si bien la ratificación de los tratados se hace cada vez más complicada, uno hubiera esperado que el rechazo viniera de miembros más reacios y más recalcitrantes, como el Reino Unido o Dinamarca, donde los políticos estaban especulando con elegir las fechas de los plebiscitos bien al final del proceso de ratificación para no poner piedras en el molino de nadie. Y sin embargo, el “no” vino desde el lugar menos esperado. O no. El no de los franceses no fue del todo un no a Europa, sino más bien un no al futuro, un no a los cambios y una reacción un poco sin sentido ante el vértigo que les provoca un mundo donde la antigua posición de líder de Europa está bastante en discusión.

Y acá estoy yo, viviendo en Bruselas. Dicen que el aleteo de una mariposa en alguna parte del planeta llega a tener efectos enormes en algún otro lugar completamente inesperado. En este caso es al revés. Sin Unión Europea y sin Bruselas como su capital, yo jamás hubiera terminado viviendo aquí, no hablaría francés, no leería La Libre Belgique, mis hijos no estarían a punto de empezar a aprender su quinto idioma y este blog no se llamaría Entre BRU y BUE, sino que tendría cualquier otro nombre, quizás un poco más imaginativo. O no.

lunes, 19 de marzo de 2007

Dulce de leche, reloaded

A la vida de todo argentino emigrado llega, más tarde o más temprano, el momento en que se muere de ganas de comer dulce de leche. En los años que corren hay que reconocer que, gracias a los beneficios de la loada por algunos y vilipendiada por otros globalización, es bastante fácil encontrar dulce de leche en algún negocio perdido especializado en artículos sudamericanos o en algún supermercado que tiene una semana dedicada a los productos exóticos. Pero por la época en la que yo me fui de Argentina mi única oportunidad de comer dulce de leche era cuando mi madre me lo mandaba por correo o cuando me lo traía alguien que estuviera de paso por Dinamarca. Considerando que poca gente conocida alguna vez estuvo de paso por Dinamarca, esta última posibilidad no era más que eso, una posibilidad.

Por suerte para mí, a una de las tres mujeres que me enseñaron a cocinar se le ocurrió publicar el libro de cocina que yo más esperaba desde que me había mudado. Un libro que tuviera recetas de empanadas, guiso de lentejas, zapallitos rellenos, lomo a la pimienta, ñoquis, dulce de membrillo y, por supuesto, dulce de leche.

Por la época en la que empecé este blog, escribí un post sobre el dulce de leche, donde contaba que de vez en cuando lo hago y que me sale bárbaro, pero sin dar la receta. Pensé que ya no era necesario, ya que ahora todo el mundo puede comprarlo por ahí. Dicen que hasta hay unos argentinos que tienen una fábrica en algún lugar de Francia. Acá en Bélgica yo conozco por lo menos dos lugares donde lo venden, aunque nunca lo compré ahí, por ahora. Mi mamá me lo sigue mandando por correo y, en caso de urgencia, siempre está la receta de Blanca Cotta.

Que acá viene, a pedido de una argentina exiliada en Houston que me dejó el encargo en el hermano mellizo de este blog.

La receta original de Blanca Cotta (y link no hay, porque la señora todavía no tiene un blog) dice:

Ingredientes
4 litros de leche, 1 kilo de azúcar, 1 chaucha de vainilla y 1 cucharadita tamaño café de bicarbonato de sodio.

Preparación

  1. Hierva los cuatro litros de leche y cuélela al pasarla a otra cacerola pues la leche, al hervir, casi siempre sedimenta elementos sólidos. Para trasvasarla elija una cacerola muy grande, porque el dulce de leche cuando está por tomar su punto, trepa como un prófugo...
  2. Agregue a la leche el azúcar, la chaucha de vainilla y el bicarbonato. (Según mi mamá el bicarbonato es para que el dulce de leche no se corte y, además, para que tome color oscurito).
  3. Haga hervir a fuego fuerte todo el tiempo. ¿Vio cómo, al principio, el bicarbonato produce una espuma tremenda como si quisiera desbordar? (Por algo le dije que eligiera cacerola grande...)
  4. A medida que hierve, el dulce comenzará a espesar, como sucede cuando prepara almíbar. Revuelva de vez en cuando con cuchara de madera, para que el dulce no se pegue en el fondo de la cacerola.
  5. Cuando el dulce "rezongue" y espese como una salsa blanca liviana, retire la cacerola del fuego, apóyela en un fuentón (o piletón) que contenga agua fría y revuélvalo continuamente con cuchara de madera hasta que se enfríe. Enváselo... ¡y guarde la "raspa" para mí!
NOTA: siguiendo estas instrucciones "su" dulce de leche saldrá perfecto. Pero si a "su" vecina se le llegara a "cortar", dígale de parte mía que lo arregle así pero que me guarde el secreto: que lo ponga de a poco en la licuadora (o procesadora) ¡y lo licue!, (o procese). ¡Bárbaro!

Bueno, lo cierto es que la olla más grande que yo tengo debe tener una capacidad de unos diez litros, lo que excluye por completo la posibilidad de hacer esta receta así como está presentada. La primera vez que lo hice, usé la cuarta parte de todos los ingredientes, menos de la vainilla y me salió perfecto. Lo importante en la receta es lo de colar la leche, sino sale como arenoso. El bicarbonato es esencial, le da el color y, por algún proceso químico que a mí se me escapa por completo, retrasa el acaramelamiento. Es decir, cuanto más bicarbonato, más marrón se pone y más tarda en ponerse espeso. Una vez todos los ingredientes en la segunda olla, hay que tener cuidado con la intensidad del fuego. Al principio tiende a rebalsarse sin control. No hace falta cocinarlo a fuego fuerte todo el tiempo, la idea es ir encontrando el grado justo de calor para que hierva fuerte, pero sin volcarse. Lo de enfriarlo en la pileta de agua fría también es esencial, yo una vez me olvidé y se le hizo una cáscara horrible arriba y quedó líquido abajo. Al enfriarlo revolviendo termina de espesar y queda homogéneo, como debe ser.

Da bastante trabajo, hay que reconocerlo. Yo lo hago para darle el gusto a mis hijos cuando cumplen años y vale todo el esfuerzo. A veces me animo a hacerlo usando la mitad de los ingredientes. Lleva un poquito más de tiempo, pero compensa con creces.

domingo, 14 de enero de 2007

Cien

Este post es el número cien que se publica en este blog. Y antes de escribir sobre otra cosa pensé que esta vez no tenía que olvidarme de hacerle un pequeño homenaje a ese hecho, como me olvidé cuando se cumplió un año desde el principio o las veces que el contador de visitas mostró un número terminado en cero (nunca astronómico, la verdad sea dicha). Cien posts no parece ser mucho en el poco más de un año y medio que llevo haciéndolo, pero sí un montón de letras si uno se pone a leer desde el principio. Por lo menos bastante más letras de las que yo me creía capaz de poner juntas cuando empecé.

¿Por qué empecé? Esa es la pregunta que me gustaría responder(me) en este post número cien.

Una de las razones fue para tratar de recuperar mi lengua, dieciseis años después de haber emigrado. Cuando me fui de Argentina dejé de escribir en castellano, primero porque me puse a aprender a escribir en danés, después en inglés y después —menos— en francés. Mientras me dedicaba a aprender a escribir en otros idiomas, y pese a que siempre sentí que me salía bastante bien, me daba cuenta que nunca podría hacerlo como en castellano. Pero con los esfuerzos de poner la cabeza en sintonía con los otros idiomas iba abandonando totalmente la práctica de mi lengua materna.

Otra razón fue que por la época en que empecé, el primer gran amigo que encontré en los quince años que llevaba afuera, uno de esos amigos a los que uno les confiaría lo que sea y con los cuales uno habla de todo y se divierte con todo, había dejado Bruselas y yo me sentía bastante sola. Además, sus necesidades epistolares no se correspondían para nada con las mías. En lugar de atosigarlo a cartas, preferí escribir lo que se me ocurriera para mí, pero la desventaja que tenía eso era que no lo podía discutir con nadie.

La última razón fue la de tratar de poner un poco en orden lo que me pasaba por la cabeza. Llevaba años manteniendo largas conversaciones conmigo misma en las que me argumentaba y me contraargumentaba, me convencía de una cosa y luego de la otra, me dedicaba a analizar algo desde un punto de vista y luego del otro y eso, para una persona que todavía tiene que escribir un par de cosas para terminar algo que empezó y dejó sin terminar, era bastante peligroso y poco consecuente.

Y entonces fue que descubrí los blogs. Y el resto es lo que está acá.

martes, 3 de octubre de 2006

Voto obligatorio

A mí, como a Josepepe, me encanta votar. Me encantan los días de elecciones, ese clima de fiesta cívica que se vive durante los días previos, después de que cierran las campañas electorales, y mientras se vota; la tensión y la expectativa que se sienten desde que cierran las urnas hasta que se conocen los primeros resultados; la sensación de fiesta, catarsis, y también desilusión, por supuesto, que se van viviendo a medida que los resultados se hacen más seguros y se empiezan a hacer especulaciones sobre cómo se va a formar el gobierno electo. Me gusta todo eso desde las primeras elecciones que me acuerdo, un once de marzo hace ya unos cuantos años en el que todavía no tenía derecho de voto.

Pero desde que me fui de Argentina no tuve demasiadas oportunidades de ejercer mis responsabilidades ciudadanas. Antes, los argentinos emigrados no podíamos votar desde el exterior. Ahora sí podemos, pero me desacostumbré y me sentiría un poco irresponsable si me pusiera a votar por el presidente argentino. Como inmigrante en Europa, uno obtiene bastante pronto el derecho a votar en las elecciones locales, aún sin nacionalidad europea. Pero además, una vez que uno tiene su pasaporte comunitario, adquiere el derecho de voto europeo, lo que quiere decir que puede votar en las elecciones del Parlamento Europeo y las comunales del país en el que reside.

Este domingo hay elecciones comunales en Bélgica. Para votar hay que registrarse, lo que es voluntario, pero una vez que uno se registra está obligado a votar para siempre. Eso hace que muchos extranjeros en Bélgica se resistan a registrarse, porque no les gusta el voto obligatorio. Yo no, a mí me encanta votar y cuanto más me obliguen, mejor.

Aunque esta vez lo mejor de todo es la cara de felicidad que ponen los belgas cuando uno les cuenta que se inscribió para ser coaccionado a participar en su vida en democracia.

martes, 25 de octubre de 2005

Don de lenguas

Cuanto más cerca está el idioma en el que te movés todos los días de tu idioma materno, más difícil se te hace evitar el contagio. Durante años, mientras hablaba danés, mi castellano argentino-patagónico se mantuvo incólume, inmutable. Sólo lo mezclaba, de vez en cuando, con palabras que designaban cosas o conceptos que no estaban en mi mapa mental de argentina, como dyne o rugbrød o ombudsmand o cosas así. Lo que en realidad estaba bien y estaba mal, porque, por un lado, no se me arruinaba el lenguaje, pero, por otro, se me había quedado como paralizado, detenido en el tiempo. Cuando empecé a hablar francés, me dí cuenta que la virginidad de mi castellano no había sido virtud mía, sino el resultado feliz de la lejanía entre el danés y el castellano (lejanía no del todo cierta, por otra parte, ya que hay montones de expresiones y de dichos que se dicen de la misma forma). El francés se metía, de a poquito, por cualquier intersticio que encontraba y de repente me encontraba diciendo no importa qué en lugar de cualquier cosa o ¿Es que tenemos café? en lugar de ¿Tenemos café?. Todo esto no lo había pensado mucho hasta el día en que encontré a mi súper amiga española y, mientras su hija aprendía a hablar en argentino en media hora gracias a mi hijo, el políglota, que a su vez aprendía los verbos más corrientes en modo imperativo en versión peninsular, nosotras nos contagiábamos como locas y nos reíamos como locas de todas las diferencias entre nuestros respectivos "idiomas".
Ahora tengo un cuidado bárbaro, y protejo a mi castellano con dialecto del cono sur como a una especie delicada en peligro de extinción. Lo que tiene sus ventajas y desventajas. Por suerte, el políglota está empecinado en ayudarme.

miércoles, 14 de septiembre de 2005

El año dado vuelta

Y esto ya no me pasa más. Pero otra de las extrañas sensaciones que me produjo la mudanza del Sur al Norte fue la de no saber más lo que sentía para Carnaval y Pascua. Para mí, el Carnaval era la mejor parte del verano, cuando éste, ya bien instalado y cómodo en su parte del año, nos ofrece días de calor a granel, las mejores frutas maduras y esa luz espectacular de la Patagonia que se mezcla con el verde oscuro de los álamos justo en el momento anterior al de aparecer las primeras hojas amarillas, una orgía de agua y de música, de bailes de disfraces y atardeceres tibios. Y Pascua era el comienzo del otoño, los primeros vientos helados y una sensación de desabrigo que de vez en cuando me agarra cuando escucho radios mal sintonizadas. Y algo que pasaba poco después de volver a la escuela. Por eso, cuando me mudé, siempre me quedaba esperando que se hiciera Pascua en el mes de octubre. Y que el Carnaval sea en invierno me parece más raro todavía que las Navidades con nieve.

martes, 13 de septiembre de 2005

Medialunas

Acordándome de mi mudanza del hemisferio sur al hemisferio norte hace ya unos cuantos abriles, recuerdo que me sorprendió descubrir que la luna crecía para el otro lado; cuando en el sur la luna crece, tiene forma de C y cuando mengua, de D. En el norte es al revés, cuando crece, tiene forma de D y cuando mengua de C. ¿La forma de qué letra tienen los croissants?

martes, 31 de mayo de 2005

De teclados y sus variantes

Recién mudada a BRU descubrí que en el mundo existían 2 tipos de teclado para escribir a máquina: Los QWERTY y los AZERTY. Hasta entonces yo creía que en el mundo occidental y cristiano sólo existía un tipo universal de teclado al que sólo se le cambiaban un par de letras para agregarle, por ejemplo, la ñ española o las æ, ä, ë, ø, ö, å de los idiomas bárbaros. Pero no. En los países francófonos la Q se cambia con la A y la W por la Z. Eso no es demasiado grave. Lo peor es que la M se transforma en una coma, la Ñ en una M, los acentos están por cualquier lado y ni hablar de lo que pasa con todos los signos raros como ¡”#$%&/()=*¨¡?. Así, cuando uno quiere escribir algo como “Hoy me levanté temprano, tomé el desayuno, leí el diario y me vine a trabajar”, termina escribiendo 2Hoy ,e levqntê te,prqno; to,ê el desqyuno; leî el diario y ,e vine q trqbqjqr2:, lo que dificulta muchísimo la comunicación y te causa una sensación de impotencia y horror que te hace dar ganas de patear el teclado, lo que estás escribiendo y todo lo que se encuentre en las cercanías que tenga que ver con creaciones y mejoras afrancesadas. Otro día me enteraré cuál es el origen de todo esto.