sábado, 28 de octubre de 2006

El gato, el desamor y la muerte

En uno de esos pocos momentos en la vida en los que me sentí lo suficientemente segura de mí misma como para emitir arrogantes juicios sobre otra gente (deben haber sido dos, uno a los diez años y otro a los treinta), tuve una experiencia a la que podría llamar reveladora.

Una pareja de amigos hacía una fiesta con muchos invitados entre los cuales estaban los padres de ella. El padre, un señor muy simpático y alegre aunque un poco simplón, estaría, supongo, un poquito más alegre que de costumbre debido a que la fiesta estaba bastante bien regada, como toda buena fiesta que se precie. La madre, una señora también muy simpática, pero del tipo ácido, esas señoras que consiguen que uno se ría bastante cada vez que abren la boca y largan algún comentario aparentemente inocente pero en realidad terriblemente incisivo. Esa noche, en el apogeo de la fiesta, él la invitaba a bailar con toda dulzura y ella lo rechazaba una y otra vez con una terrible cara de culo.

En un primer momento yo me imaginé que ella estaba enojada porque él estaba borracho, pero después de un rato me di cuenta que no sólo él no estaba tan borracho como para que ella se enoje tanto, sino que, además, lo de ella daba la impresión de ser algo de bastante larga data, una especie de rencor, o de desprecio, que llevaba años acumulándose.

En ese entonces yo estaba embarazada de mi primer hijo y para mí la vida en ese momento, como toda mujer que haya pasado por la misma experiencia sabe, era nada más que paz y amor, por lo que esa especie de revelación me dejó bastante mal gusto en la boca. ¿Qué hace que una mujer trate tan mal a su marido después de un tiempo? ¿Los muchos años de convivencia? ¿Alguna ofensa imperdonable pero que sin embargo no justificó el divorcio? ¿El aburrimiento? ¿La desilusión? ¿La falta de compañerismo? ¿Frustraciones personales proyectadas en el otro? Y lo peor de todo ¿También yo iba a terminar haciendo lo mismo veinte años más tarde?

Todo esto viene a cuento porque acabo de terminar de leer la primera novela belga que leí en los últimos dos años, Le chat de George Simenon. Simenon es un escritor belga terriblemente prolífico y supongo que el escritor belga más famoso antes que apareciera la también prolífica Amélie Nothomb. Le chat es una preciosa novelita que nos cuenta la historia de dos viudos que se encuentran, se casan y se van a vivir juntos a la casa de ella, aunque en realidad no se aguantan. Como los dos personajes no se dirijen la palabra, la historia está contada principalmente desde el punto de vista de él y aunque nos encontramos con ellos cuando ya tienen más de setenta años, la novela nos va llevando hacia atrás y hacia delante por medio de sus recuerdos y de sus experiencias. Cuando empecé a leerla, un poco shockeada por el trato que se prodigaban, yo me preguntaba ¿Por qué si los dos eran viudos volvieron a casarse? Y después... ¿Qué necesidad tenían de seguir juntos?

Simenon nos va dando todas las respuestas de a poco, casi con cuentagotas. Durante el transcurso de la novela, se van respirando distintos ambientes. Un ambiente gélido al principio, lleno de desprecio y desconfianza, deja paso a unas escenas de mucha intensidad y muy violentas hasta que todo se calma cuando él se va de la casa. Uno disfruta junto con el viejo de ese período de casi felicidad en la primavera parisina, hasta que ella vuelve a aparecer y, sin mediar palabra alguna, lo convence para que vuelva con ella. De alguna forma se necesitan, aunque no se quieran, quizás sólo para no estar sólos en el momento de morir, porque la novela termina siendo, al final de cuentas, las reflexiones sobre el amor, el desamor, la vejez y la muerte de un escritor que a esa altura, y después de una vida tan intensa que a mí me cuesta imaginarla, se iba empezando a poner viejo.

domingo, 22 de octubre de 2006

Más música

Fin de semana agitado, gracias, entre otros, a Partyanimal, al que visito todos los viernes a la mañana para ver que pasa en BRU durante el fin de semana. Este viernes me enteré que había otra vez concierto de Ojos de Brujo, grupo que me había quedado sin ver unos meses atrás y, encima, en la Ancienne Belgique, una de mis salas preferidas para escuchar música en esta ciudad. Aprovechando que él siempre tiene mucho cuidado en poner todos los links necesarios, me fui derechito a la página web a comprar las entradas para toda la familia.

Lugar raro, la Ancienne Belgique. El nombre es francés, pero uno llega ahí y toda la gente que trabaja habla en flamenco, lo mismo que la mayoría del público. Además, los folletos, revistas, postales y todo el material gráfico y/o publicitario que uno se puede llevar a su casa sin pagar también están en flamenco. Lo mismo está pasando con Flagey. Uno llega a esos lugares, completamente analfabeto en esa lengua y se siente un poco raro y hay que hacer un esfuerzo, casi, para decidirse a hablar en francés y pedir las entradas o algo para tomar. Pero las dos salas son perfectas para ir a conciertos y, además, eso hoy no fue ningún problema ya que el idioma que más se escuchaba en el lugar era éste en el que escribo y el flamenco esta vez no era un idioma, sino una música.

Al final, terminé yendo sin marido pero con una invitada de once años, además de mis dos hijos. En algún momento del concierto me puse a pensar en lo estimulados que están los chicos de esta época comparados con los de mi generación. Y se me volvieron a ocurrir las dos ideas que siempre vuelven cuando pienso en ese tema. Una es la preocupación por saber si el cerebro les dará a los pobrecitos para poder digerir tantos estímulos y tanta información. La otra es la pregunta que me hago siempre sobre quién y cómo sería yo hoy si hubiera recibido, en mi infancia y adolescencia, esa misma cantidad de estímulos y de esa calidad. Porque hay que terminar este post diciendo que los Ojos de Brujo son realmente impresionantes y que el concierto de hoy quedará en la memoria de esos tres nenes como una de esas experiencias musicales que a mí, a esa edad, me hubieran dejado completamente maravillada y con el cerebro más abierto.

domingo, 15 de octubre de 2006

Música del mundo

No creo que sea ninguna novedad para la gente que pasa por acá que Dinamarca y la immigración son dos conceptos que no consiguen conciliarse completamente. La sociedad danesa no está organizada para recibir demasiados immigrantes demasiado distintos, los immigrantes que hay no son los que mejor se adaptan a una sociedad como la danesa y así se crea un círculo vicioso que es bastante difícil de romper. Pero en medio de tanta miseria hay una historia casi luminosa: la banda danesa con más repercusión internacional en este momento se llama Outlandish y está formada por un paquistaní, un marroquí y un hondureño de segunda generación. La música que hacen es uno de esos mestizajes culturales que a mí me dejan alucinada.


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sábado, 7 de octubre de 2006

(de) Colorado

La industria textil argentina tendría que revisar, a esta altura del siglo XXI, su tecnología colorante.

(Reflexión de la madre al vaciar el lavarropas en el que se le había extraviado remera roja con efigie del Che Guevara comprada por su hijo mayor en Buenos Aires durante el mes de agosto).

martes, 3 de octubre de 2006

Voto obligatorio

A mí, como a Josepepe, me encanta votar. Me encantan los días de elecciones, ese clima de fiesta cívica que se vive durante los días previos, después de que cierran las campañas electorales, y mientras se vota; la tensión y la expectativa que se sienten desde que cierran las urnas hasta que se conocen los primeros resultados; la sensación de fiesta, catarsis, y también desilusión, por supuesto, que se van viviendo a medida que los resultados se hacen más seguros y se empiezan a hacer especulaciones sobre cómo se va a formar el gobierno electo. Me gusta todo eso desde las primeras elecciones que me acuerdo, un once de marzo hace ya unos cuantos años en el que todavía no tenía derecho de voto.

Pero desde que me fui de Argentina no tuve demasiadas oportunidades de ejercer mis responsabilidades ciudadanas. Antes, los argentinos emigrados no podíamos votar desde el exterior. Ahora sí podemos, pero me desacostumbré y me sentiría un poco irresponsable si me pusiera a votar por el presidente argentino. Como inmigrante en Europa, uno obtiene bastante pronto el derecho a votar en las elecciones locales, aún sin nacionalidad europea. Pero además, una vez que uno tiene su pasaporte comunitario, adquiere el derecho de voto europeo, lo que quiere decir que puede votar en las elecciones del Parlamento Europeo y las comunales del país en el que reside.

Este domingo hay elecciones comunales en Bélgica. Para votar hay que registrarse, lo que es voluntario, pero una vez que uno se registra está obligado a votar para siempre. Eso hace que muchos extranjeros en Bélgica se resistan a registrarse, porque no les gusta el voto obligatorio. Yo no, a mí me encanta votar y cuanto más me obliguen, mejor.

Aunque esta vez lo mejor de todo es la cara de felicidad que ponen los belgas cuando uno les cuenta que se inscribió para ser coaccionado a participar en su vida en democracia.

martes, 26 de septiembre de 2006

El mercado del sexo, reloaded

Este post se originó en el blog de Los Tres Chiflados, en un post que escribió Larry. Empecé a hacer un comentario y se me terminó yendo la mano, así que lo dejo por acá. En realidad, y como ustedes bien deben saber, en la población humana nacen más chicos que chicas, leí una vez que la proporción es 1015 bebés cada 1000 bebas. Yo tengo la impresión que ese número es más o menos variable y depende de catástrofes, guerras, pestes, hambrunas, etc. Es decir, la naturaleza va poniendo todo en orden con su sabia mano invisible.

Los seres humanos de sexo masculino son, por alguna misteriosa razón que se me escapa, menos resistentes a la vida que los de sexo femenino, ya desde que están en la barriga de su madre. En su más tierna infancia los atacan la tos convulsa, la muerte súbita y diversas pestes endémicas. Más adelante, desarrollan modelos de conducta más arriesgados que los de las nenas, por lo que su propensión a caerse de un árbol y romperse el cuello es un poco más elevada que la de ellas. Después aprenden a manejar, se emborrachan y manejan en ése estado, se dedican a actividades delictivas varias, se van de parranda con los amigos a lugares poco aconsejables, dan la vuelta al mundo solos, se tiran en paracaída o hacen aladeltismo y así.

En resumen, a eso de los 30-35 años, hay más mujeres que hombres en una cohorte. Ni qué decir que seguramente los que se mataron haciendo aladeltismo eran de los más atractivos sexualmente, lo que implica, a su vez, mayor habilidad reproductiva, por lo que a esa edad en que las mujeres inteligentes y educadas quieren casarse, hay una escasez de hombres bárbara. Este posiblemente sea el origen del mito de las siete mujeres para un solo hombre.

Lo que a mí me llama la atención del cuadro que presenta Larry es que parece ser que en Argentina el momento en que las mujeres se hacen más numerosas que los hombres parece estar adelantado con respecto a otros países. Lo que podría significar dos cosas: o los argentinos son menos resistentes a las enfermedades que los nativos de otros lugares, o tienen costumbres de mayor riesgo, entre las que incluiría la de manejar peor y matarse más en accidentes de tránsito.

En realidad, quizás no sea más que un resultado del aumento terrible de la pobreza en las últimas décadas, que tuvo a su vez como resultado un aumento en la mortalidad infantil que, como dije antes, afecta más a los varones.

En todo caso, el resultado final parece ser que encontrar marido en Buenos Aires se parece a eso de la aguja en el pajar o a lo del camello en la aguja o algo de agua en el desierto que no me acuerdo muy bien cómo era. Al final van a terminar siendo un bien escaso y los vamos a tener que pagar por buenos.

sábado, 16 de septiembre de 2006

Esa loca esquiva

Dicen los que saben que la felicidad de un ser humano es un fenómeno que puede ser representado por un proceso estocástico estacionario. Lo de estocástico o, lo que es lo mismo, aleatorio, quiere decir que el fenómeno está pura y exclusivamente determinado por el azar. Lo de estacionario nos dice que uno puede ser muy feliz, o muy infeliz, en un momento cualquiera de su vida, pero que a la larga retorna a su nivel promedio de felicidad, al que yo llamaré nivel de felicidad crucero.

El nivel de felicidad crucero se verá afectado por shocks que pueden ser negativos o positivos, según las diferentes circunstancias de la vida que a uno le toque atravesar, que serán de mayor o menor magnitud, según la importancia del shock y serán, además, más o menos persistentes, según la situación inicial del individuo en cuestión y su nivel de tolerancia o sensibilidad a los shocks, sean éstos de felicidad o de desgracia.

Así, en nuestra infancia, por ejemplo, hacer la primera comunión nos produce durante algunos días una felicidad inefable, hasta que se desvanece en nuestras papilas gustativas el gustito a limón del merengue de la torta y nos damos cuenta de que ya no vestiremos más ese vestidito blanco primoroso hecho por nuestra abuela. La infelicidad causada por la mudanza de nuestra primera amiga más querida va desapareciendo poco a poco, al tiempo que recrutamos nuevas amigas.

Ésos son los shocks finitos. Hay otro tipo de shocks a los que se podría llamar memoriosos o persistentes. Ejemplos que se me ocurren ahora son la separación de los padres de uno o la llegada de un hermano, cuando uno es chico; encontrar al amor de tu vida, tener un hijo, o terminar de escribir una tesis doctoral, más adelante. O que tu marido te deje por una quince años más joven a los cincuenta. Creo que este tipo de shocks, mal absorbidos, pueden llegar a tener efectos estructurales y a cambiar para siempre el nivel de felicidad crucero, aunque del todo segura no estoy.

Como la aparición y la frecuencia de los shocks están manejadas nada más que por la suerte, pueden pasar años sin que se presente ninguno, lo que nos hará vivir unos años bastante aburriditos, o pueden aparecer todos de golpe en un corto período de tiempo, lo que nos llevará a tener una época por demás emocionante, para bien y para mal.

Lo más emocionante de todo es una sucesión de shocks positivos y negativos en pocos días, pero tiene la consecuencia de hacer que uno se quede tambaleando, sin saber muy bien dónde está parado, y puede, quizás, tener consecuencias funestas para el desarrollo futuro del individuo si esto sucede a edades tiernas, o provectas, o clásicamente problemáticas, como los múltiplos de siete o todas las terminadas en cero.

Se pueden hacer una mejor idea de lo que trato de describir acá. Gracias por la paciencia.

viernes, 8 de septiembre de 2006

La vida vendaval

Y a veces uno está ahí, lo más tranquilo y acurrucadito en su rincón tratando de imaginarse qué es lo que va a hacer durante la mitad menos emocionante de su existencia, y de repente se aparece la vida y empieza a sacudirlo. Primero le hace creer a uno que todo es posible, por ejemplo empezar de nuevo, o revivir antiguas emociones, o sentir que un sueño que llevaba cinco años al fin se empezaba a convertir en realidad. Y a uno le cuesta creerlo, pero al final sí. Y planifica, sueña, imagina cambios, organiza distinto, hasta se asusta un poco.

Pero al final resulta que no. Y después de tanta sacudida uno termina por ahí, tirado en otro rincón, como un harapo.

El otro día leí una entrevista a un escritor italiano al que me prometí leer, donde decía que uno no tiene que escribir en este estado. No sé si me gustaría hacerle caso, aunque me parece que tiene razón.

lunes, 31 de julio de 2006

De BRU a BUE

Me estoy yendo de vacaciones. Tengo la cabeza en el avión y en cómo olerá mañana el aire en los alrededores de Ezeiza, cuando me reencuentre con el lugar que más quiero en el mundo. Mientras el taxi nos lleve por la General Paz, la 25 de Mayo y la Nueve de Julio, tendré al lado mío a dos nenes grandes que estarán conscientes por primera vez de estar descubriendo la otra mitad de ellos mismos, esa mitad que el mes pasado se les presentó en celeste y blanco haciendo goles, pero para la que los vengo preparando desde que les canté y les conté las canciones y los cuentos de María Elena Walsh, les leí Todo Mafalda de tapa a tapa, explicándoles cada una de las tiras, o los inicié a la lectura de Horacio Quiroga con El Loro Pelado, haciendo gala de mis mejores dotes histriónicas, estrenadas para la ocasión. Va a ser buenísimo. Espero que mi Argentina los trate bien.

Esperaba haber dejado otra cosa antes de cerrar por vacaciones, pero el veranito belga ha puesto mis neuronas en descanso. Para la vuelta a lo mejor escribo sobre por qué son felices los daneses, o sobre los determinantes, en general, de la felicidad humana, o sobre por qué esa especie animal llamada hombre está en permanente búsqueda de la felicidad. O a lo mejor, no. A lo mejor nomás les cuento cómo fuimos de felices en BUE.

lunes, 24 de julio de 2006

Summertime

... and the living is easy...


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Gracias Baterflai!

miércoles, 19 de julio de 2006

La primera serie que vi entera

Una de las cosas que me pasaron cuando me vine a vivir a Bruselas fue que dejé de ver televisión. Un poco lo mismo que me pasó cuando me fui a vivir a Dinamarca, aunque en ese caso lo que pasó fue que dejé de oír música. Supongo que los cambios radicales llevan a un abandono de hábitos también radical o que el esfuerzo de adaptación hace que uno abandone antiguas costumbres.

El hecho es que la primera vez que escuché hablar de Sex and the City fue en el verano del 2003 en una fiesta de cumpleaños que hizo una de esas amigas trashumantes que uno tiene la dicha y la desdicha de conocer en esta ciudad de nómades, en la que decidió festejar sus cuarenta años como tres años antes para compensar el hecho de haber festejado sus treinta tres años después. Esta amiga mía es danesa y los daneses tienen algunas costumbres cumpleañeras que a mí me parece se tendrían que exportar al resto del mundo; una es que festejan a lo grande los cumpleaños terminados en cero, casi como se festeja un casamiento, la otra es que en esas fiestas de cumpleaños los invitados más cercanos le dedican al festejado canciones inventadas por ellos mismos y discursos para nada improvisados contándole todo lo que esa persona significa para ellos de una manera más o menos humorística pero siempre (bueno, casi siempre) cariñosa.

El caso es que mi amiga había invitado a todas sus viejas amigas de la facultad y una de ellas le dedicó un discurso totalmente inspirado en Sex and the City, donde hacía un paralelo entre cada una de ese grupo de amigas y cada uno de los personajes de la serie. De más está decir que yo me quedé completamente colgada y no entendí nada de nada, ya que no sólo no había visto jamás esa serie, sino que ni siquiera sabía de su existencia sobre la faz de la televisión pese a que ya andaba por su última temporada y en ese mes de julio del 2003 quizás hasta había terminado. Resultó ser que la cumpleañera tampoco la había visto nunca y para entender de qué se trataba el discurso de su amiga decidió cortar por lo sano y se la compró toda en DVD. Supongo que lo habrá hecho de a poco, al fin y al cabo era una señora ocupada y con nenes chiquitos y también habrá visto la serie de a poco, o no.

Hace un par de meses esta cuarentona precoz preparaba, junto a su retorno a Dinamarca, una de esas mudanzas familiares que le quitan el aire al más pintado, después de cinco años de haber juntado artefactos más o menos inservibles y en la lista que preparó para tal ocasión con las cosas que quería sacarse de encima estaba la colección completa de Sex and the City.

Yo miré la lista sin demasiado interés. A esta altura de mi vida una cuna de segunda mano o una colección de Duplo usados ya no tiene el atractivo que tenía hace unos años, pero la colección completa de una serie de televisión que nunca había visto y a mitad de precio me resultó bastante tentadora, así que me la reservé antes que cualquiera tuviera tiempo de respirar y me la traje a casa. Resulta ser que yo soy una señora ocupada pero con nenes grandes y un marido que estuvo tres meses fuera de casa, lo que me dejaba las noches completamente libres, así que durante el último mes, después de acostar a los chicos, me instalé en el sofá a ver los noventa y cuatro capítulos uno detrás del otro.

En el mejor estilo obsesivo-compulsivo que me caracteriza, me sentaba con la idea de ver dos o tres capítulos por vez, pero me encontraba a las tres de la mañana muriéndome de sueño después de haber visto entre seis y ocho. Una noche seguí de largo y vi doce de una sentada, apagué la tele, desperté a los chicos, les serví el desayuno, los mandé a la escuela, me duché, me vestí y me fui a trabajar, tiritando de sueño. El humor de perros que tuvieron que soportar mis colegas ese día todavía es tema de conversación.

Pero bueno, ahora ya entiendo de qué habla la gente cuando habla de Carrie, Samantha, Miranda y Charlotte. Entiendo un poco por qué la serie se convirtió en una especie de caracterización emblemática de la mujer bien educada, de clase media alta, un poco malcriada y caprichosa, que elige tanto que al final no le queda qué elegir. Me identifiqué con la historia de esas mujeres con características que yo asocio a mujeres diez años más jóvenes que yo, pero que sin embargo son de mi generación. Y aunque a veces me enojaba con esas chicas que no sabían más que mirar su propio ombligo ni satisfacer más que sus propias necesidades, sea de hombres o de zapatos, tengo que confesar que después de los noventa y cuatro capítulos me alegré bastante con el final de cuento de hadas. Y ahora reconozco otro código en el lenguaje de la gente.

Lo que todavía me quedó sin descubrir es a cuál de los cuatro personajes se parecía mi amiga, la del cumpleaños.

viernes, 7 de julio de 2006

Olores para catalogar

Agustín tiene uno de los blogs que descubrí primero y que nunca dejé de leer. Suerte de principiante, que la llaman. Agustín escribe cuentos, novelas, ensayos, poesías, memorias, exámenes, guiones, artículos y cualquier otra cosa que se le ocurra, escribe sin parar y todo el tiempo. Agustín cuenta, entretiene, ilustra, divierte, emociona, hace reir, hace llorar, impresiona, enseña, conmueve y encanta. Y también hizo una lista de olores de la que me quiero copiar, porque el olfato es el sentido que más me hace sentir viva. Lo que sigue es mi lista:

El olor a humedad y ropa limpia de la casa de mi abuela cuando llegaba los viernes a la noche y la encontraba vacía, en verano.

El olor a madera y hojas quemadas en la neblina de la tarde de San Juan, en pleno invierno.

El olor a los jazmines de noviembre en los quioscos de Buenos Aires, cuando el aire está cargado de tormenta.

El olor a lluvia en el Cañadón del Río Pinturas, la quintaesencia del olor a lluvia sobre la tierra seca.

El olor a la mezcla de un perfume de hombre y otro de mujer que existió solamente una noche.

El olor a Martes de Carnaval en La Paz, Bolivia, una mezcla de olor a pólvora quemada y cerveza rancia inexplicablemente vital y depresiva al mismo tiempo.

El olor dulce y seco de mi piel después de un día de playa.

El olor de mis dedos, después de masturbarme.

El olor irrepetible de mis hijos recién salidos de la panza, la razón por la cual nunca hubiera parado de tener hijos.

El olor del hueco de tu clavícula en los momentos álgidos, un olor que es la esencia del amor y del sexo.

El olor de tu aliento cuando nos despertamos, un milagro, increíble.

Se puede continuar, si uno quiere. La idea salió de acá.

miércoles, 5 de julio de 2006

Ésta soy yo

Patrizio tiene un blog que, como él dice, es una charla de café. Él va tirando cosas todo el tiempo, cualquier cosa que se le ocurra, con bastante poca autocensura, pero siempre muy bien escrito, y la gente va, comenta, se ríe y dice lo que le parece. A veces hay un clima de delirio en los comentarios que me hace acordar a esas épocas en las que uno se ponía a decir una tontería atrás de la otra colectivamente, hasta que en un momento se llegaba a una situación de bienaventuranza, una especie de nirvana de la risa, en la que todo el mundo se reía como loco y se lo pasaba súper-bien. Además de sus post desopilantes, Patrizio también tiene secciones fijas, no menos desopilantes, algunas que están desde el principio, como los ¿Sabías que…? y los Tesoros de su discoteca de vinilo, otras que estuvieron y desaparecieron, como los Diálogos de viaje, los chocolatines Jack o las Leyendas urbanas y otras que están desde hace no mucho como El manual del buen blogger o, de la que se trata aquí, sus Bloggers. Porque Patrizio, además, dibuja, y además de tener uno de los blogs ilustrados más lindos que andan por la blogosfera, lleno de fotos y tapas de discos, pone sus propios dibujos que son, al mismo tiempo, divertidísimos y encantadores, a los que también organiza en series. En la serie Bloggers nos dibuja a nosotros, por orden de aparición y de pedido, y ayer me tocó a mí. Patrizio, para que sepas, estoy súper halagada y agradecida. Me encantó. El dibujo está ilustrando este post y aquí se pueden ver los comentarios del autor.

Bruselas italiana

Y hasta yo. Es que el fútbol hace que a veces a uno se le olviden los principios. Magia.

sábado, 1 de julio de 2006

El día después

Ayer, a eso del mediodía, pasé por un quiosco y jugué a los Euromillones. No juego muy seguido, dos o tres veces por año, pero esta vez había un pozo de 58 millones y pensé: “Bueno, si pierde Argentina, por lo menos me consuelo con ésto”. Mientras pagaba pensaba: “¿Cuánta plata haría falta para consolarme?” Los 58 millones seguro que me consolaban del todo, pero 10 o 15 euros seguro que no lo iban a hacer. ¿500 euros? ¿1000? Tampoco. Al final de la tarde todavía no había llegado a la conclusión de cuál sería la cantidad de plata necesaria que me consolaría por haber perdido con Alemania. También anduve preguntando por ahí, como siempre que hago estos experimentos mentales, y recibí distintas respuestas, todas con cantidades de dinero bastantes más bajas de las que yo estaba dispuesta a sacrificar. Téngase en cuenta el hecho de que ese dinero era solamente riqueza en potencia, nada real. Un dinero que yo en realidad no tengo, sino que podría llegar a tener si ganara la lotería. Pero que de todas formas era algo más o menos seguro, porque la pregunta estaba formulada así: Si alguien te ofreciera la posibilidad de elegir entre ganar una cierta cantidad de dinero a la lotería mañana en forma segura o que Argentina le gane hoy a Alemania, ¿cuál sería esa cantidad de dinero?

Después seguí un poco con mi experimento mental y pensé: “¿Cuánta plata estaría dispuesta a pagar de la que realmente poseo para que Argentina gane?” En esta pregunta la idea no era pagar para que alguien deje ganar a Argentina o para convencer a los otros para que pierdan, sino nada más que la cantidad de dinero que yo estaría dispuesta a sacrificar de mi fortuna personal para que Argentina gane de verdad, jugando como los dioses y dejándonos a todos contentos. Mi pregunta era: ¿Cuánto vale para mí en términos monetarios que Argentina salga campeón? La respuesta fue una cantidad bastante menor a la que aceptaría dejar de ganar en los Euromillones, lo que confirma el dicho de que más vale pájaro en mano que cien volando.

Entonces, mi tercera pregunta fue: ¿por qué yo estaría dispuesta a hacer un sacrificio económico para que Argentina salga campeón? ¿Por qué, por ejemplo, estaría dispuesta a renunciar a una cantidad de plata que me dejaría irme de vacaciones el año que viene al lugar que se me ocurriera viviendo de la forma más lujosa imaginable, o a comprarme el trajecito de Chanel con el que siempre soñé o a pagar el resto de la hipoteca de mi casa? Mi marido me contestó que es porque me sobra la plata, pero él está, por lo menos, en la misma situación económica que yo y su sacrificio económico sería muchísimo menor. ¿Qué es lo que me hace feliz cuando Argentina gana un Mundial? Yo creo que es esa sensación que nos queda en la memoria, en la individual y en la colectiva. Ese recuerdo de la gente festejando por la calle en mi invierno patagónico del ’78 o en mi invierno porteño del ‘86. Yo creo que los hubiera pagado por disfrutar de la felicidad que hubiera sentido mi hijito menor que ayer, después de los penales, se puso a llorar y que hoy todavía sigue paseando la camiseta por el Bois de la Cambre. Por esa sensación de perfección que hubiera sido ganar una final un 9 de Julio, esta vez en verano. Por haber podido estar feliz de ser argentina a trece mil kilómetros y diecisiete años de distancia. Y eso vale bastante más que un trajecito de Chanel.

Bueno, y ahora me voy a mirar el resultado del sorteo de los Euromillones, para ver si la diosa Fortuna decidió consolarme de alguna manera y ver si lo consiguió.