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miércoles, 3 de enero de 2007

No al futuro

Llegó el año 2007 y mientras todos nos saludábamos deseándonos un feliz año y esperando que el mundo se convierta en un lugar mejor para vivir, un grupo de franceses se reunía en la ciudad de Nantes para expresar su protesta ante el cambio de año. "Non à 2007", tal era su slogan, que acompañado por frases como "¡El 2007 no pasará!" y la maravillosa, por su estatismo, "¡Ahora es mejor!", hacía un llamamiento a los gobiernos y a las Naciones Unidas para que detuvieran "esa carrera loca hacia el futuro". Los manifestantes se reunieron al fin de la tarde para impedir la entrada del nuevo año. La lluvia persistente en lugar de acobardarlos, los animaba. "Hasta el tiempo está en contra del 2007", bromeaban, cantando y calentándose con un buen vin chaud. Apenas después de las doce de la noche, resignados a lo inevitable, reciclaron su slogan, transformando entonces los cánticos en "Non à 2008".

Que esa manifestación sea en Francia parece un signo de los tiempos. Este año se cumplen 50 años del Tratado de Roma, el tratado fundacional de lo que hoy es la Unión Europea. Casi 50 años y unos cuantos Tratados después, Europa se aprestaba a festejar ratificando su Constitución cuando los franceses, uno de los Seis Fundadores, decidieron no aceptarla. Mi impresión todo el tiempo era que los franceses estaban votando en el plebiscito por algo completamente distinto a la Constitución. Y que eso completamente distinto era en cierta medida votar por la parálisis, por un no a los cambios, un no al paso del tiempo y de la vida. Francia justo ahora es como un gran gigante paralizado, una contradicción en un país que tiene una de las demografías más dinámicas de Europa, por lo que el envejecimiento de la población no los afecta demasiado. Tantos bebés en un país de la Vieja Europa es un buen argumento para mirar el futuro con más confianza, diría uno.

El "no" de Francia fue seguido por un "no" holandés, otro de los Seis, y Europa, a su vez, también quedó semi-paralizada. ¿Qué hacer con los países candidatos, con los países balcánicos, pero sobre todo con Turquía, que si entra será el segundo país más grande de Europa? ¿Cómo adaptar los mecanismos de decisión políticos a una Europa de Treinta o más, en lugar de sólo Quince? ¿Cómo revitalizar al Viejo Continente, para que no pierda posiciones en un mundo globalizado? ¿Qué hacer con las masas de inmigrantes de otros continentes, los que ya están y los que pujan por entrar, que también quieren su porción del Bienestar Europeo? ¿Cómo conseguir incluir en el Bienestar a los excluídos de Europa, las madres solteras, los jóvenes sin educación, los inmigrantes sin idioma, los desempleados sin futuro? Las respuestas a esas preguntas son, para mí, las que causaron el no de los franceses, como si los hubieran asustado tanto que al final la única opción posible, el único paso a seguir parece ser quedarse quieto y decir "¡ahora es mejor!", aunque en realidad no lo sea.

Detener el tiempo es algo que queremos todos. Como me dijo mi suegro en uno de mis últimos cumpleaños "todos queremos llegar a viejos, pero no nos gusta ponernos viejos". Por eso hacemos gimnasia, ensayamos posturas raras, comemos (y tomamos) la máxima cantidad posible de antioxidantes, vamos al médico y nos gastamos fortunas en tratamientos de belleza y cremas antiarrugas. Lo mismo refleja esta situación; muchos queremos que el mundo cambie, pero el porvenir nos asusta y los cambios a veces no van en la dirección que queremos. Pero el paso del tiempo es inexorable, no es posible detenerlo, por lo menos no con manifestaciones y aunque lo fuera, no es seguro que eso nos haga más felices, que es, en última instancia, lo que busca la humanidad desde que el mundo es mundo, creo.

sábado, 28 de octubre de 2006

El gato, el desamor y la muerte

En uno de esos pocos momentos en la vida en los que me sentí lo suficientemente segura de mí misma como para emitir arrogantes juicios sobre otra gente (deben haber sido dos, uno a los diez años y otro a los treinta), tuve una experiencia a la que podría llamar reveladora.

Una pareja de amigos hacía una fiesta con muchos invitados entre los cuales estaban los padres de ella. El padre, un señor muy simpático y alegre aunque un poco simplón, estaría, supongo, un poquito más alegre que de costumbre debido a que la fiesta estaba bastante bien regada, como toda buena fiesta que se precie. La madre, una señora también muy simpática, pero del tipo ácido, esas señoras que consiguen que uno se ría bastante cada vez que abren la boca y largan algún comentario aparentemente inocente pero en realidad terriblemente incisivo. Esa noche, en el apogeo de la fiesta, él la invitaba a bailar con toda dulzura y ella lo rechazaba una y otra vez con una terrible cara de culo.

En un primer momento yo me imaginé que ella estaba enojada porque él estaba borracho, pero después de un rato me di cuenta que no sólo él no estaba tan borracho como para que ella se enoje tanto, sino que, además, lo de ella daba la impresión de ser algo de bastante larga data, una especie de rencor, o de desprecio, que llevaba años acumulándose.

En ese entonces yo estaba embarazada de mi primer hijo y para mí la vida en ese momento, como toda mujer que haya pasado por la misma experiencia sabe, era nada más que paz y amor, por lo que esa especie de revelación me dejó bastante mal gusto en la boca. ¿Qué hace que una mujer trate tan mal a su marido después de un tiempo? ¿Los muchos años de convivencia? ¿Alguna ofensa imperdonable pero que sin embargo no justificó el divorcio? ¿El aburrimiento? ¿La desilusión? ¿La falta de compañerismo? ¿Frustraciones personales proyectadas en el otro? Y lo peor de todo ¿También yo iba a terminar haciendo lo mismo veinte años más tarde?

Todo esto viene a cuento porque acabo de terminar de leer la primera novela belga que leí en los últimos dos años, Le chat de George Simenon. Simenon es un escritor belga terriblemente prolífico y supongo que el escritor belga más famoso antes que apareciera la también prolífica Amélie Nothomb. Le chat es una preciosa novelita que nos cuenta la historia de dos viudos que se encuentran, se casan y se van a vivir juntos a la casa de ella, aunque en realidad no se aguantan. Como los dos personajes no se dirijen la palabra, la historia está contada principalmente desde el punto de vista de él y aunque nos encontramos con ellos cuando ya tienen más de setenta años, la novela nos va llevando hacia atrás y hacia delante por medio de sus recuerdos y de sus experiencias. Cuando empecé a leerla, un poco shockeada por el trato que se prodigaban, yo me preguntaba ¿Por qué si los dos eran viudos volvieron a casarse? Y después... ¿Qué necesidad tenían de seguir juntos?

Simenon nos va dando todas las respuestas de a poco, casi con cuentagotas. Durante el transcurso de la novela, se van respirando distintos ambientes. Un ambiente gélido al principio, lleno de desprecio y desconfianza, deja paso a unas escenas de mucha intensidad y muy violentas hasta que todo se calma cuando él se va de la casa. Uno disfruta junto con el viejo de ese período de casi felicidad en la primavera parisina, hasta que ella vuelve a aparecer y, sin mediar palabra alguna, lo convence para que vuelva con ella. De alguna forma se necesitan, aunque no se quieran, quizás sólo para no estar sólos en el momento de morir, porque la novela termina siendo, al final de cuentas, las reflexiones sobre el amor, el desamor, la vejez y la muerte de un escritor que a esa altura, y después de una vida tan intensa que a mí me cuesta imaginarla, se iba empezando a poner viejo.

viernes, 10 de marzo de 2006

Matusalenes

Andan por ahí algunos especialistas en longevidad diciendo que en menos de veinte años va a haber tales avances en ciertas técnicas medicinales que la vida del ser humano se va a extender mucho más allá de lo que hoy por hoy se cree son sus límites, algo así como unos 120 años. Se nombran cifras tales como 500, 800 o 1000 (¡mil!) años. Las consecuencias sociales, o económicas, de semejante revolución son difíciles de imaginar y hasta ahora nunca leí nada al respecto, pero de vez en cuando hago algún ejercicio mental sobre el tema, tratando de imaginarme un mundo con gente sobrecargada de experiencia. Casi siempre me gusta encontrar compañía para mis ejercicios mentales, pero en este caso la mayoría de la gente encuentra la idea tan absurda, que ni siquiera le dedican al tema más de medio minuto de atención y se distraen con otra cosa. El único al que conseguí enganchar con la idea fue a mi marido, al que desde que nos conocemos suelo arrullar con mis divagaciones hasta que los dos nos quedamos dormidos. Creo que nos pusimos de acuerdo en irnos cada uno por su lado y seguir siendo tan amigos. Hubo otro que me dijo, en el escaso medio minuto que le dedicó al tema, que él seguiría casado con la misma durante los ochocientos años. Después de esa respuesta, perdió unos cuantos puntos de mi estima por su falta de imaginación.