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miércoles, 21 de mayo de 2008

La forma más linda de viajar


La forma en que a mí más me gusta viajar de todas es en tren. Desde chiquita. Creo que el primer viaje largo que me acuerdo fue uno de Buenos Aires a La Pampa, solas mi mamá, mi hermana y yo, cuando le tomé el gustito a viajar en tren y a la panceta ahumada.

Después hay otros inolvidables, como uno entre Bariloche y Buenos Aires en el que mi marido aprendió a tomar mate y a jugar al truco, mientras yo le presentaba la Argentina. Uno nocturno entre Algeciras y Barcelona, lleno de magrebíes y otros turistas, entre los que me encontré a un brasileño rubiecito y políglota que me confesó su amor por un marroquí que andaba por ahí mientras tomábamos champagne tibio. Otro por el corazón de Suecia, con el sol de medianoche filtrándose entre los bosques de abedules, montones de mosquitos y algún alce perdido entre las vías. Y todas las veces que iba a visitar a mi abuela, la inmortal.

Así que si hay algo que me pone triste es pensar que, si alguna vez se presenta la oportunidad, ya no podré recorrer a la Argentina en tren con mis hijos, o mis nietos. Y si hay algo que me hace sentir muy impotente es ver que se está por construir un tren de lo más raro y desubicado en lugar de la red de trenes que Argentina necesita y se merece. Gracias a Alex, descubrí una página donde parece que hay otra gente que piensa parecido. Para entrar, hay que hacer clic en la foto de arriba. Yo no sé si este proyecto sirve para algo, pero si juntando firmas se consigue, vale por lo menos el intento.

domingo, 10 de diciembre de 2006

Autobahn

Exactamente a mitad de camino entre la casa de mi suegro y mi casa hay un lugar al que no sabría si calificar de maravilloso o de espeluznante. En todo caso, es un lugar que me tiene completamente fascinada: un puente de vidrio, enorme, por encima de una de esas impresionantes autopistas alemanas, una de ésas en las que los límites de velocidad no existen -por lo menos en teoría- porque los Mercedes, los BMW y, qué menos, los Porsche, tienen que tener el derecho de circular a la velocidad exacta para la que fueron creados e imaginados.

Desde la primera vez que pasé por debajo de ese increíble puente de vidrio supe que no me iba a quedar tranquila hasta el día que pudiera subirme ahí a mirar el caudal de miles y miles de autos pasando por debajo a toda velocidad. Por supuesto, lo hice apenas se presentó la primera oportunidad y, además, conseguí enviciar al resto de la familia.

Ahora, cada vez que nos toca una de esas maratones por La Autopista del Norte, hacemos nuestra pausa de mitad de camino en Dammer Berge, que en realidad es una especie de complejo de descanso para los viajeros, con hotel, estación de servicio, restaurant y ¡hasta capilla! El puente de vidrio es el restaurant y ahí, mientras uno merienda su café con las autoproclamadas mejores tortas de la red de autopistas alemana o cena un plato de kassler mit grünkohl -yo también tengo mis ritos-, se puede mirar para abajo y sentir, como no se consigue desde ningún otro lugar del universo, la esencia más pura del automovilismo moderno en el país de los autos.

El monumento a la autopista, lo llamo yo.

lunes, 31 de julio de 2006

De BRU a BUE

Me estoy yendo de vacaciones. Tengo la cabeza en el avión y en cómo olerá mañana el aire en los alrededores de Ezeiza, cuando me reencuentre con el lugar que más quiero en el mundo. Mientras el taxi nos lleve por la General Paz, la 25 de Mayo y la Nueve de Julio, tendré al lado mío a dos nenes grandes que estarán conscientes por primera vez de estar descubriendo la otra mitad de ellos mismos, esa mitad que el mes pasado se les presentó en celeste y blanco haciendo goles, pero para la que los vengo preparando desde que les canté y les conté las canciones y los cuentos de María Elena Walsh, les leí Todo Mafalda de tapa a tapa, explicándoles cada una de las tiras, o los inicié a la lectura de Horacio Quiroga con El Loro Pelado, haciendo gala de mis mejores dotes histriónicas, estrenadas para la ocasión. Va a ser buenísimo. Espero que mi Argentina los trate bien.

Esperaba haber dejado otra cosa antes de cerrar por vacaciones, pero el veranito belga ha puesto mis neuronas en descanso. Para la vuelta a lo mejor escribo sobre por qué son felices los daneses, o sobre los determinantes, en general, de la felicidad humana, o sobre por qué esa especie animal llamada hombre está en permanente búsqueda de la felicidad. O a lo mejor, no. A lo mejor nomás les cuento cómo fuimos de felices en BUE.

lunes, 17 de abril de 2006

Primavera en París

París siempre me pareció una ciudad sobrevalorada y nunca me dieron demasiadas ganas de visitarla, ni siquiera para esas visitas desintoxicantes que se regalan las parejas de antigua data para recordar que alguna vez se quisieron con locura. Para eso quizás elegiría Viena, o Praga, que todavía no conozco, o Riga, o Madrid, que sí conozco aunque no mucho.

Pero creo que en ésta, mi tercera visita, cambié para siempre de opinión. Un poco porque me tocó vivir en el lugar que me parece más lindo de la ciudad, l'Île Saint-Louis, y otro poco porque conseguí, aunque no del todo, deshacerme del agobio que me produce estar de turista en una ciudad donde hay tanto para ver. También creo que ayudó ir por fin sintiéndome totalmente cómoda con el idioma y no como la primera vez, en la que para pedir un café tenía que poner en fila todas mis neuronas bien ordenaditas.

Pero de todas formas, París es un poco como el parque temático de Europa. Si usted quiere conocer Europa, vaya a París, ahí se la muestran toda. Y eso es un poco lo que, para mí, le quita el encanto, una especie de falta de autenticidad, que a la vez se encuentra en esos lugares un poquito al costado, como la l'Île Saint-Louis.

Lo de primavera es nada más que porque queda bien en el título. Hizo frío, viento y llovió, aunque había flores por todos lados y las magnolias ya estaban en plena floración, un punto antes de empezar a marchitarse. La foto la saqué de éste lugar, donde hay muchísimas más, todas igual de buenas.