Las razones por las que la gente emigra son muchas y variadas. A las clásicas de “amor y guerra” se les suman las económicas, el deseo de tener una vida más desahogada en otro lado, y las aventureras, el deseo de tener una vida más interesante en otro lado. De todas maneras, y quizás por haber visto algunos casos, yo creo que aún las del amor y de la guerra tienen que ver con motivos materiales. Cuántas guerras que se desatan a causa del petróleo, de los diamantes o de algún otro recurso escaso, cuántos amores que terminan o no según sea más o menos el bienestar económico de los amantes. Sin ir más lejos, sin la hiperinflación en ciernes del año ’87 y el clima de caos del año '88, es bastante probable que mi atractivo marido danés se hubiera animado a quedarse en Buenos Aires, como era su intención por aquellos años.
Pero mientras que la migración por razones de amor o de guerra está más o menos permitida –casi todos los países, salvo excepciones, permiten el ingreso al cónyuge de un nativo y existen convenios internacionales que dejan acceder a los refugiados políticos– emigrar de un país pobre a uno rico nomás para tener la posibilidad de conseguir un trabajo mejor pago no está dentro de las reglas del juego.
De todas formas, hay gente que lo intenta. Las historias dramáticas de los mexicanos para entrar a los EE.UU. y las de los africanos desembarcando semidesnudos y muertos de frío en cualquier playa europea o ahogándose en el Mediterráneo, así lo demuestran. Y algunos países permiten más o menos esa inmigración ilegal, porque les soluciona algunos problemas de mercado de trabajo en el corto plazo.
Bruselas está llena de esos inmigrantes ilegales latinoamericanos. Montones de ecuatorianos (yo me pregunto: ¿quedará gente todavía en Ecuador?), pero también colombianos, peruanos, cubanos y hasta algunos argentinos se instalan sin permiso de residencia y, por ende, totalmente desprotegidos, a merced de las enfermedades, los accidentes, las casualidades, las razzias, la deportación, para trabajar como albañiles, cocineros, pintores o mozos, ellos, como empleadas domésticas o niñeras, ellas. Y siempre, siempre, arriesgándose a que un buen día los agarre la policía mientras vuelven a su casa en el tranvía, les haga pasar un buen susto y un maltrato y terminen en un avión, camino a casa, con la prohibición eterna de volver.
Las historias de muchos de ellos son terribles. En su país de origen quedan hijos chiquitos, padres ancianos, maridos abandonados o parásitos, hermanos o parientes que esperan salvarse gracias a los esfuerzos del emigrado. Y el emigrado se desloma, trabaja 10, 12 horas por día en algún trabajo insalubre o con horarios rarísimos para conseguir un ingreso equivalente a lo más bajo de la escala nativa, para mandarle más de la mitad a la familia que quedó allá, en parte porque lo necesitan, en parte para atenuar la culpa del abandono, en parte para poder demostrar que afuera les va mejor, sin posibilidades de ahorrar ni para el presente ni para la vejez y viviendo con lo justo en una precariedad y una inseguridad que a muchos nos costaría imaginar.
Dicen que esas remesas que los emigrantes del Tercer Mundo envían a sus familias son más útiles que cualquier ayuda oficial al desarrollo. Que sea así. El sacrificio de los emigrados se lo merecería.