Casi se me pasa
Ya bastante terrible es que florezcan las magnolias y dure poco. Pero mucho más terrible es que hayan florecido y no haberse dado cuenta.
Anécdotas y cosas que se me ocurren.
Ya bastante terrible es que florezcan las magnolias y dure poco. Pero mucho más terrible es que hayan florecido y no haberse dado cuenta.
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Ana C.
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2:31 p.m.
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Labels: estaciones, primavera
Mientras la Belgique, según cuentan los diarios, vive sus primeras Pascuas con nieve en 26 años y las más frías en 33, yo estoy más tapada de trabajo que nunca antes en mi vida.
Bueno como experiencia, pero no sé si para repetirlo.
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Ana C.
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9:47 p.m.
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Labels: Bélgica, estaciones, trabajo
Después de un otoño que duró 12 meses aunque con una corta interrupción, al final llegó el invierno. Un buen invierno, un invierno como debe ser el invierno, con cinco grados bajo cero a las 10 de la mañana, escarcha en el pasto del jardín, hielo en el parabrisas del auto que hace que se me congelen los dedos mientras lo raspo con esa cosita de plástico duro que guarda mi marido en el baúl del auto y que es una mezcla de peine y secador de piso, el cielo azul y transparente que presagia más días de frío y un vientito helado del norte que dice que esto va a durar.
Sin lluvia todas las estaciones son mejores. También el invierno cuando se acerca Navidad y todas las callecitas de Bruselas se adornan de luces y de guirnaldas como para ahuyentar la oscuridad de diciembre cuando ya es de noche a las cinco de la tarde.
Pero es una noche crocante, el frío se siente como cristales punzantes en las mejillas y las luces de Navidad iluminan la noche de diciembre mientras respiro el aire helado que trae apenas insinuado el olor a leño quemado en alguna chimenea de mármol de una maison ixelloise. Y también hace dar ganas de pasear.
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Ana C.
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4:18 p.m.
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Labels: estaciones, invierno
Salimos a la calle y los primeros fresquetes invernales ya se empiezan a notar en Bruselas. Mi hijo menor se pone menos ropa que la que cualquier madre con un cierto sentido de la responsabilidad aceptaría y entonces se sucede el siguiente diálogo:
-Abrigate un poco, nene.
-Mamá, dejame ¿no ves que soy un vikingo? -dice, mientras saca pecho y se inventa músculos.
-No, abrigate más, mocoso, que vos no sos todo vikingo. Nomás sos medio vikingo.
-Ah, sí! -Y se le abren los ojazos mientras la idea le pasea por el cerebro.
-Medio vikingo, medio gaucho, -me río y le saco la lengua.
-Un vigaucho! -exclama. No, mejor un gaukingo!
Inventa palabras, se ríe. Y se abriga, el mesticito.
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Ana C.
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1:18 p.m.
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Labels: emigrada, estaciones, hijos
Todos los años, el penúltimo domingo de septiembre Bruselas tiene un día libre de autos. Ese día, las 19 comunas de la ciudad dejan circular solamente colectivos, tranvías, taxis y algunos autos que piden un permiso especial bastante difícil de obtener y así las calles quedan libres para caminar, correr, andar en patines, bicicleta, monopatín, skateboard o lo que a uno se le ocurra. La gente entonces se aprovecha y se adueña de la ciudad desde muy temprano.
La gente, en realidad, se pone eufórica, sobre todo porque desde que la ciudad adoptó esta costumbre, en ese penúltimo domingo de septiembre siempre ha tocado buen tiempo y el día, la ciudad y sus calles se pueden aprovechar al máximo. Este año tampoco fue la excepción.
Como si los dioses del buen tiempo estuvieran de acuerdo con que el automovilismo privado es una maldición para el planeta, después del verano más horrible que haya tocado en los últimos veinte años, el domingo sin autos fue un día maravilloso, que amaneció con un sol resplandeciente, una luz otoñal que se reflejaba y se filtraba en las hojas ya medio amarillas de los árboles y una temperatura perfecta: 21 °C a las 10 de la mañana que se fueron haciendo 25 °C o 26 °C a eso de las 3 de la tarde. Andar en bicicleta por las grandes avenidas y los boulevards fue realmente disfrutable, sobre todo porque con los años la gente ha aprendido a respetarse y los ciclistas, los peatones y los patinadores ya no creen, como al comienzo, que un día sin autos es lo mismo que un día donde todos tienen derecho a circular como a uno se le antoje sin parar delante de los semáforos o andar a toda velocidad aplastando nenes y viejitas.
Las aves de mal agüero, por su parte, nos anuncian que posiblemente éste sea el último día libre de autos en una Bruselas belga. Por supuesto que desde este blog esperamos que no tengan razón, pero los ruidos de rotas cadenas se hacen sentir cada vez más fuerte. Para una descripción de los orígenes del desacuerdo, este post de Matías lo explica tan bien que volver a hacerlo sería redundante. Esta vez, sin embargo, las predicciones están causadas por la incapacidad de los partidos políticos ganadores en las últimas elecciones legislativas de formar gobierno a pesar de los 105 días transcurridos desde las elecciones.
Los 105 días sin gobierno no son ninguna rareza, el récord es de 1988 cuando se tardó casi 150 días en lograr el acuerdo necesario. Pero dicen las malas lenguas que solamente dos cosas unen a los belgas: Bruselas y la deuda externa. La deuda externa posiblemente se la podrían repartir proporcionalmente pero ¡Bruselas! Bruselas es la Jerusalem belga.
Bruselas está dentro de Flandes, pero es, en su mayoría, francófona. A los flamencos les gusta decir que es la capital de Flandes pero nadie lo acepta seriamente. Tiene una población extranjera bastante importante –africanos de las ex-colonias, muchos magrebíes que inmigraron en los sesenta, toda la eurocracia– que aprendió a hablar francés pero no flamenco y, además, es la sede de las instituciones europeas, la "capital" de Europa. Y aunque no se note demasiado en la calidad de sus servicios públicos pero sí en la cantidad de autos de lujo con los que uno se cruza casi todos los domingos menos éste, parece ser que es una de las tres regiones más ricas de Europa.
Las alternativas son varias, pero ninguna demasiado convincente. Sea como capital de Flandes, capital de Valonia o capital de Europa, aparecen más detractores que auspiciantes. En todo caso, con tantas discusiones separatistas, los que se sienten belgas y no otra cosa han salido a relucir. Hoy, mientras recorría las arboladas avenidas en bicicleta disfrutando del mejor día de sol de los últimos cuatro meses, descubrí, colgadas de muchísimas ventanas, un sinnúmero de banderas belgas, banderas de la Bélgica unida que muchos no quieren ver desaparecer.
Ahora estoy considerando seriamente colgar una bandera belga del balcón. Tengo que confesar que para mí sería bastante traumático que Bélgica se separe y que Bruselas termine siendo la capital de algún país que todavía no existe.
En otro orden de cosas, en Alemania ha aparecido una diputada carnotista.
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Ana C.
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10:05 p.m.
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Labels: automovilismo, Bélgica, Bruselas, ciclismo, estaciones
Desde que publiqué la receta del dulce de leche, cae a este blog muchísima gente buscando en Google receta de guiso de lentejas o receta de guiso de lentejas de Blanca Cotta o cosas por el estilo y supongo que deben terminar yéndose bien frustrados al encontrar una receta de dulce de leche y no de guiso de lentejas. Si sabido es que pocas cosas hay en la vida más desagradables que imaginarse una comida dulce cuando uno tiene ganas de algo salado y viceversa, imagínense lo que puede ser pensar en comer un empalagoso flan con dulce de leche cuando uno tiene ganas de comer un contundente guiso de lentejas.
Así que desde hace un tiempo tengo intenciones de darles el gusto, pero me frena pensar que el guiso de lentejas es una comida bien de invierno que yo nunca preparo en verano. Por otro lado, la mayor parte de las búsquedas vienen del Sur del Mundo, lo que sería un argumento a favor para publicar la receta. Pero lo que me terminó de decidir fue que justo este invierno hace un frío bárbaro en Buenos Aires y que justo este verano también hace un frío bárbaro en Bruselas y eso de comer guiso de lentejas se puede disfrutar en los dos hemisferios al mismo tiempo.
El guiso de lentejas es una de mis comidas favoritas y todas las mujeres de mi familia lo hacían escandalosamente rico, así que nunca me tomé la molestia de hacer uno. Para qué, si tanto el de mi abuela, el de mi tía o el de mi mamá eran insuperables. Hasta que un día me encontré en el Norte del Mundo, sin abuela, sin tía y sin mamá y con ganas de comer un guiso de lentejas igualito al de ellas. Lo malo era que estas señoras lo hacían de ojito y me decían "ponéle un poquito de ésto, y otro poquito de ésto y otro poquito de ésto otro" y a mí no me gusta cocinar así, a mí me gusta seguir la receta al pie de la letra, por lo menos la primera vez que cocino algo.
Así que nuevamente armada con la receta de Blanca Cotta, intenté la suerte y mi primer guiso de lentejas salió bastante pasable, lo mismo que los siguientes, y yo me sentía bastante realizada y orgullosa de mis guisos de lentejas. Hasta que una amiga danesa que había comido lentejas en España hizo un gesto de desilusión cuando comió las mías y entonces, tocada en el orgullo, me ví en la obligación de mejorarlo.
Y ahí me enteré: el secreto para que salga perfecto es cocinarlo mucho tiempo a fuego lento, así que hay que empezar temprano. La receta, que es más o menos la de Blanca Cotta aunque le hice un par de adaptaciones, viene acá. La medida es bastante grande, por lo que hace falta una olla como de diez litros, de ésas con doble fondo preferiblemente, pero alcanza para que coman ocho adultos y sus respectivos críos en caso de familia tipo, ideal para invitar un montón de amigos sin trabajar demasiado. Necesitamos:
1 kilo de lentejas, 2 cebollas grandes, 2 dientes de ajo, 2 pimientos morrones rojos, 3 o 4 zanahorias, 2 o 3 ramas de apio, 2 hojitas de laurel, 1 chorizo colorado picante, 1/4 kilo de panceta ahumada, 1/4 kilo de panceta salada, 1/2 kilo de carne magra, 2 latas de tomates pelados y más o menos 1/2 decilitro de aceite de oliva.
Se empieza poniendo en remojo las lentejas la noche anterior. El día del evento se pican las cebollas más o menos finitas y el ajo también. El resto de las verduras se corta en cubitos, el chorizo, por la mitad a lo largo y después en cubitos, la panceta, en rodajas de un poco menos de un centímetro de ancho y la carne y los tomates, también en cubitos.
Se fríe un poco la cebolla y el ajo en el aceite de oliva, se agrega el resto de las verduras y se deja freír otro poco, hasta que las verduras dejen de tener aspecto de crudísimas. Entonces se agregan el chorizo, la panceta y la carne y se sigue friendo hasta que la carne deje de tener aspecto de cruda, pero sólo el aspecto. Agregamos el tomate, las lentejas bien enjuagadas y las hojas de laurel, se revuelve bien y se tapa todo con agua. La panceta es saladísima y el chorizo, picantísimo, así que nada de sal ni pimienta ni ají molido. Un poco de orégano, quizás, si uno quiere.
Hasta ese momento cocinábamos a fuego fuerte. En el momento en que hierve el agua, bajamos el fuego al mínimo y ponemos la tapa. Y así se deja cocinar por lo menos dos horas, revolviendo de vez en cuando para que todas las lentejas se cocinen en forma homogénea y no se pegue en el fondo. Lo de cocinarlo mucho es esencial por dos razones: una es que las lentejas se empiezan a deshacer y el guiso queda espesito, la otra es que la panceta tiene que cocinarse mucho para que quede bien blandita. Yo, aunque ya esté listo, lo dejo en mínimo durante horas –creo que una vez lo dejé entre cuatro y cinco, revolviendo de vez en cuando– lo único que pasa es que mejora. Está bien comerlo el mismo día pero, como todos los guisos, al otro día es todavía mejor.
Variante dietética: sin panceta y sin chorizo. Para el verano, uno le saca toda la carne, lo deja vegetariano y lo cocina un poco menos, para que las lentejas queden blandas pero no deshechas. Y hasta se puede comer frío, como hacen los griegos con sus guisos y sus verduras rellenas.
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Ana C.
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1:54 a.m.
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Labels: estaciones, recetas
Cuando el paso del tiempo me quiere llamar la atención, siempre elige formas novedosas para hacerlo. La última fue todo el polvo de flores secas desparramado por las veredas en esta nochecita tibia y seca cuando salí a dar uno de mis paseos vespertinos por las calles de Bruselas.
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Ana C.
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2:26 a.m.
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Labels: Bruselas, estaciones
París siempre me pareció una ciudad sobrevalorada y nunca me dieron demasiadas ganas de visitarla, ni siquiera para esas visitas desintoxicantes que se regalan las parejas de antigua data para recordar que alguna vez se quisieron con locura. Para eso quizás elegiría Viena, o Praga, que todavía no conozco, o Riga, o Madrid, que sí conozco aunque no mucho.
Pero creo que en ésta, mi tercera visita, cambié para siempre de opinión. Un poco porque me tocó vivir en el lugar que me parece más lindo de la ciudad, l'Île Saint-Louis, y otro poco porque conseguí, aunque no del todo, deshacerme del agobio que me produce estar de turista en una ciudad donde hay tanto para ver. También creo que ayudó ir por fin sintiéndome totalmente cómoda con el idioma y no como la primera vez, en la que para pedir un café tenía que poner en fila todas mis neuronas bien ordenaditas.
Pero de todas formas, París es un poco como el parque temático de Europa. Si usted quiere conocer Europa, vaya a París, ahí se la muestran toda. Y eso es un poco lo que, para mí, le quita el encanto, una especie de falta de autenticidad, que a la vez se encuentra en esos lugares un poquito al costado, como la l'Île Saint-Louis.
Lo de primavera es nada más que porque queda bien en el título. Hizo frío, viento y llovió, aunque había flores por todos lados y las magnolias ya estaban en plena floración, un punto antes de empezar a marchitarse. La foto la saqué de éste lugar, donde hay muchísimas más, todas igual de buenas.
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Ana C.
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11:36 p.m.
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Labels: estaciones, París, primavera, vacaciones, viajes
Esta época del año es un poco rara, sobre todo acá en Bruselas. Tenemos el cuerpo cansado del invierno, la espalda entumecida por el frío y la expresión de ya no puedo más, quiero que se termine. Uno va por la calle con bufanda y guantes mientras en las vidrieras la ropa que muestran nos deja tiritando de sólo imaginarnos luciendo atuendos semejantes. Si hasta hoy a la mañana había escarcha en el parabrisas cuando salí para llevar a los chicos a la escuela. Lo único que esperamos es la primavera y que se termine el invierno de una vez.
Mientras tanto voy por la calle y algunos árboles de los que florecen ya tienen los capullos a punto de reventar, como las magnolias y los castaños. Vi flores rosaditas en los árboles de la Rue Franz Merjay, que queda por mi barrio predilecto. El problema con esas flores rosaditas, y con las magnolias, y con las flores del castaño es que duran lo que duran y casi siempre es demasiado poco. Después se caen y a sus respectivos árboles les salen las hojas y de lo único que me doy cuenta es que ya se pasó otra primavera y se va a pasar otro verano y después otro año y después... Y que todo se pasa demasiado rápido. Es por eso que no quiero impacientarme. Pero hay que reconocer que disfrutar de una primavera en flor y con escarcha es una experiencia de dudoso goce.
En el Japón, acabo de enterarme, cuando florecen los cerezos, la gente se sienta en los parques a mirarlos mientras se van emborrachando sin ningún tipo de contemplaciones. La idea es meditar sobre lo efímero de la vida usando como metáfora esas flores igual de efímeras, aunque espectaculares. El alcohol cumple la función de hacer más intensa la experiencia, ya que en el fondo de eso se trata: intensidad. Intensidad para contrarrestar el raudo paso del tiempo que nos quita el aliento, igual que el frío en abril.
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Ana C.
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11:15 p.m.
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Labels: estaciones, invierno, primavera, vida
De vez en cuando, me relaciono con gente con la que no tengo que estar. Alguna especie de inclinación levemente enfermiza que me hace pasar tiempo con amistades que no son tales y con las cuales no existe esa sensación de enriquecimiento mutuo, de crecer en consonancia y de ofrecerse uno al otro que se da en las mágicas ocasiones en que nos encontramos con un amigo de verdad. De este tipo de gente no sólo no aprendo nada, sino que terminan sacando lo peor de mí, los sentimientos horrendos que uno trata de mantener en vilo continuamente para irse convirtiendo de a poco en una mejor persona. Desprecio, envidia, rabia y desazón.
Aunque la teoría dice que es mejor sentir que reprimir. Para mí que lo mejor es evitar a la gente que te los provoca.
Ah! El otoño sigue precioso por acá.
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Ana C.
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12:02 p.m.
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Labels: estaciones, paranoias, reflexiones, relaciones
Y esto ya no me pasa más. Pero otra de las extrañas sensaciones que me produjo la mudanza del Sur al Norte fue la de no saber más lo que sentía para Carnaval y Pascua. Para mí, el Carnaval era la mejor parte del verano, cuando éste, ya bien instalado y cómodo en su parte del año, nos ofrece días de calor a granel, las mejores frutas maduras y esa luz espectacular de la Patagonia que se mezcla con el verde oscuro de los álamos justo en el momento anterior al de aparecer las primeras hojas amarillas, una orgía de agua y de música, de bailes de disfraces y atardeceres tibios. Y Pascua era el comienzo del otoño, los primeros vientos helados y una sensación de desabrigo que de vez en cuando me agarra cuando escucho radios mal sintonizadas. Y algo que pasaba poco después de volver a la escuela. Por eso, cuando me mudé, siempre me quedaba esperando que se hiciera Pascua en el mes de octubre. Y que el Carnaval sea en invierno me parece más raro todavía que las Navidades con nieve.
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Ana C.
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1:05 p.m.
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Labels: emigrada, estaciones, otoño
Hoy en BRU hay olor a BUE. Huele a BUE al final del invierno o al principio de la primavera, justo en ese momento donde está por cambiar el aire y un día, de repente, nos levantamos, salimos a la calle y descubrimos que acaba de llegar la primavera. Lo raro es que en BRU está recién terminando el verano. Debe ser el efecto invernadero.
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Ana C.
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6:37 p.m.
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Labels: estaciones