El día después
Ayer, a eso del mediodía, pasé por un quiosco y jugué a los Euromillones. No juego muy seguido, dos o tres veces por año, pero esta vez había un pozo de 58 millones y pensé: “Bueno, si pierde Argentina, por lo menos me consuelo con ésto”. Mientras pagaba pensaba: “¿Cuánta plata haría falta para consolarme?” Los 58 millones seguro que me consolaban del todo, pero 10 o 15 euros seguro que no lo iban a hacer. ¿500 euros? ¿1000? Tampoco. Al final de la tarde todavía no había llegado a la conclusión de cuál sería la cantidad de plata necesaria que me consolaría por haber perdido con Alemania. También anduve preguntando por ahí, como siempre que hago estos experimentos mentales, y recibí distintas respuestas, todas con cantidades de dinero bastantes más bajas de las que yo estaba dispuesta a sacrificar. Téngase en cuenta el hecho de que ese dinero era solamente riqueza en potencia, nada real. Un dinero que yo en realidad no tengo, sino que podría llegar a tener si ganara la lotería. Pero que de todas formas era algo más o menos seguro, porque la pregunta estaba formulada así: Si alguien te ofreciera la posibilidad de elegir entre ganar una cierta cantidad de dinero a la lotería mañana en forma segura o que Argentina le gane hoy a Alemania, ¿cuál sería esa cantidad de dinero?
Después seguí un poco con mi experimento mental y pensé: “¿Cuánta plata estaría dispuesta a pagar de la que realmente poseo para que Argentina gane?” En esta pregunta la idea no era pagar para que alguien deje ganar a Argentina o para convencer a los otros para que pierdan, sino nada más que la cantidad de dinero que yo estaría dispuesta a sacrificar de mi fortuna personal para que Argentina gane de verdad, jugando como los dioses y dejándonos a todos contentos. Mi pregunta era: ¿Cuánto vale para mí en términos monetarios que Argentina salga campeón? La respuesta fue una cantidad bastante menor a la que aceptaría dejar de ganar en los Euromillones, lo que confirma el dicho de que más vale pájaro en mano que cien volando.
Entonces, mi tercera pregunta fue: ¿por qué yo estaría dispuesta a hacer un sacrificio económico para que Argentina salga campeón? ¿Por qué, por ejemplo, estaría dispuesta a renunciar a una cantidad de plata que me dejaría irme de vacaciones el año que viene al lugar que se me ocurriera viviendo de la forma más lujosa imaginable, o a comprarme el trajecito de Chanel con el que siempre soñé o a pagar el resto de la hipoteca de mi casa? Mi marido me contestó que es porque me sobra la plata, pero él está, por lo menos, en la misma situación económica que yo y su sacrificio económico sería muchísimo menor. ¿Qué es lo que me hace feliz cuando Argentina gana un Mundial? Yo creo que es esa sensación que nos queda en la memoria, en la individual y en la colectiva. Ese recuerdo de la gente festejando por la calle en mi invierno patagónico del ’78 o en mi invierno porteño del ‘86. Yo creo que los hubiera pagado por disfrutar de la felicidad que hubiera sentido mi hijito menor que ayer, después de los penales, se puso a llorar y que hoy todavía sigue paseando la camiseta por el Bois de la Cambre. Por esa sensación de perfección que hubiera sido ganar una final un 9 de Julio, esta vez en verano. Por haber podido estar feliz de ser argentina a trece mil kilómetros y diecisiete años de distancia. Y eso vale bastante más que un trajecito de Chanel.
Bueno, y ahora me voy a mirar el resultado del sorteo de los Euromillones, para ver si la diosa Fortuna decidió consolarme de alguna manera y ver si lo consiguió.






