De elecciones y reformas
A mí, que como ya les conté antes, me encanta votar, ayer me hubiera gustado tener derecho a voto en Francia. Nomás para poder estar en esa gigantesca fiesta democrática y poder festejar en les Champs Élysées. Más de 40 millones de votantes y una de las participaciones electorales más altas de la historia francesa. Pese a que el voto es voluntario fue a votar el 85% del electorado, muchísimo más que en cualquiera de las grandes democracias del planeta. Y aunque el que haya ganado nos guste más, o menos, nadie podrá negarle nunca la legitimidad de su elección. Como dicen los franceses, a los que les gustan las frases rimbombantes y además se les dan bastante bien, "ha sido un ejemplo de civilidad a los ojos del mundo".
Las elecciones en Francia sorprendieron bastante a esta señora. Muestran de una manera muy fuerte que la mayoría de los franceses quieren salir de su inmovilismo, aunque algunos pocos no quieran que el tiempo avance. En estas elecciones dijeron que sí a una serie de reformas que si terminan llevándose a cabo le cambiarán bastante la cara a Francia y la vida a los franceses.
El ganador, Nicolas Sarkozy, promete hacer una reforma drástica de la semana laboral, las famosas 35 horas, a las que se les echa la culpa de todas las miserias francesas, incluído el hecho de que Francia sea el país europeo que menos ha crecido en los últimos diez años si se excluye a Portugal. También se reducirán los impuestos y el empleo público, aunque no, llamativamente, los subsidios a las empresas ni, supuestamente, a la educación. Considerando que el señor, además, promete reducir el déficit fiscal y la deuda pública, sin olvidarse de reformar el sistema de pensiones y el de los subsidios a desempleo, todo tiene mucho olor a entusiasmo de campaña electoral, a promesas que terminarán incumplidas y a inconsistencia populista.
Los socialistas, mientras tanto, se verán obligados a hacer el examen de conciencia por el que tienen que pasar, necesariamente o no, todos los perdedores. Algunos analistas dicen que ya es hora de que el Partido Socialista se transforme de una vez en una socialdemocracia moderna que, como se sabe, suelen ser un poco más liberales que un partido socialista tradicional. Otros dicen que el partido se enfrenta a una secesión. Yo me imagino que, en caso de que así suceda, el ala de izquierda tenderá a perder poder – y votos– con el tiempo, hasta convertirse en un partido marginal, mientras que el ala centrista más adepta a las reformas tenderá a convertirse en una verdadera alternativa electoral.


