Llegó el año 2007 y mientras todos nos saludábamos deseándonos un feliz año y esperando que el mundo se convierta en un lugar mejor para vivir, un grupo de franceses se reunía en la ciudad de Nantes para expresar su protesta ante el cambio de año. "Non à 2007", tal era su slogan, que acompañado por frases como "¡El 2007 no pasará!" y la maravillosa, por su estatismo, "¡Ahora es mejor!", hacía un llamamiento a los gobiernos y a las Naciones Unidas para que detuvieran "esa carrera loca hacia el futuro". Los manifestantes se reunieron al fin de la tarde para impedir la entrada del nuevo año. La lluvia persistente en lugar de acobardarlos, los animaba. "Hasta el tiempo está en contra del 2007", bromeaban, cantando y calentándose con un buen vin chaud. Apenas después de las doce de la noche, resignados a lo inevitable, reciclaron su slogan, transformando entonces los cánticos en "Non à 2008".
Que esa manifestación sea en Francia parece un signo de los tiempos. Este año se cumplen 50 años del Tratado de Roma, el tratado fundacional de lo que hoy es la Unión Europea. Casi 50 años y unos cuantos Tratados después, Europa se aprestaba a festejar ratificando su Constitución cuando los franceses, uno de los Seis Fundadores, decidieron no aceptarla. Mi impresión todo el tiempo era que los franceses estaban votando en el plebiscito por algo completamente distinto a la Constitución. Y que eso completamente distinto era en cierta medida votar por la parálisis, por un no a los cambios, un no al paso del tiempo y de la vida. Francia justo ahora es como un gran gigante paralizado, una contradicción en un país que tiene una de las demografías más dinámicas de Europa, por lo que el envejecimiento de la población no los afecta demasiado. Tantos bebés en un país de la Vieja Europa es un buen argumento para mirar el futuro con más confianza, diría uno.
El "no" de Francia fue seguido por un "no" holandés, otro de los Seis, y Europa, a su vez, también quedó semi-paralizada. ¿Qué hacer con los países candidatos, con los países balcánicos, pero sobre todo con Turquía, que si entra será el segundo país más grande de Europa? ¿Cómo adaptar los mecanismos de decisión políticos a una Europa de Treinta o más, en lugar de sólo Quince? ¿Cómo revitalizar al Viejo Continente, para que no pierda posiciones en un mundo globalizado? ¿Qué hacer con las masas de inmigrantes de otros continentes, los que ya están y los que pujan por entrar, que también quieren su porción del Bienestar Europeo? ¿Cómo conseguir incluir en el Bienestar a los excluídos de Europa, las madres solteras, los jóvenes sin educación, los inmigrantes sin idioma, los desempleados sin futuro? Las respuestas a esas preguntas son, para mí, las que causaron el no de los franceses, como si los hubieran asustado tanto que al final la única opción posible, el único paso a seguir parece ser quedarse quieto y decir "¡ahora es mejor!", aunque en realidad no lo sea.
Detener el tiempo es algo que queremos todos. Como me dijo mi suegro en uno de mis últimos cumpleaños "todos queremos llegar a viejos, pero no nos gusta ponernos viejos". Por eso hacemos gimnasia, ensayamos posturas raras, comemos (y tomamos) la máxima cantidad posible de antioxidantes, vamos al médico y nos gastamos fortunas en tratamientos de belleza y cremas antiarrugas. Lo mismo refleja esta situación; muchos queremos que el mundo cambie, pero el porvenir nos asusta y los cambios a veces no van en la dirección que queremos. Pero el paso del tiempo es inexorable, no es posible detenerlo, por lo menos no con manifestaciones y aunque lo fuera, no es seguro que eso nos haga más felices, que es, en última instancia, lo que busca la humanidad desde que el mundo es mundo, creo.