Mostrando las entradas con la etiqueta lecturas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta lecturas. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de enero de 2008

Légèrement desolée

Mi madre, que no por nada es mi madre, sabe que cuando estoy desconsolada lo único que me consuela es un libro interminable. Ahora acaba de mandarme, aunque nada sepa ella de mi desconsuelo –pero no por nada es mi madre– 861 páginas en letras apretadas con los cuentos completos de una escritora neozelandesa muerta de tuberculosis en Francia. No pinta demasiado consolador, pero probamos.

El gusto literario de mi madre suele ser irreprochable.

martes, 7 de agosto de 2007

Finite Incantatem

El año en que descubrí a Harry Potter, J.K.Rowling ya estaba bastante bien encaminada en eso de convertirse en la mujer más rica de Inglaterra y yo tenía un hijo de seis y otro de tres años a los que les encantaba escuchar cuentos antes de irse a dormir. Con la intención de comprar algún libro nuevo para el mayor, ese verano terminamos en una librería en Dinamarca y mientras yo curioseaba entre las novelas y los libros de decoración, mi marido se dejaba convencer por la librera para comprar tres novelas de una escritora inglesa que había escrito, según ella, una maravilla de la literatura infantil.

Esa noche, él les leyó el primer capítulo conmigo al lado. Apenas terminó de leerles y con los críos bien dormiditos, me apoderé del libro y no pude parar de leer hasta las tres de la mañana cuando lo terminé. Una mezcla de cuento de hadas y novela de aventuras, con misterios y magia y un montón de referencias mitológicas, todo eso situado a finales del siglo XX. ¿Qué más podía pedir una devoradora de cuentos desde la más tierna infancia como yo? La combinación de ser adicta a los cuentos y de la capacidad que tenemos las mamás para poner nuestro cerebro en sintonía con el de nuestros hijos hizo el resto.

En las dos noches siguientes me leí los otros dos, mientras mi marido y yo nos turnábamos para leerles el primero a los chicos, que habían quedado completamente enganchados con la historia, ya sabiendo que cuando terminara me iba a quedar con esa sensación de vacío que le queda a uno cada vez que termina una de esas novelas que lo internan en un mundo imaginario del que no quisiera salir. Pero como me pasa siempre, leo demasiado rápido, no hago pausas y al tercer día me había quedado fuera de Hogwarts, intentando ver más allá del tercer libro lo que pasaría en el futuro de los personajes.

El cuarto libro acababa de publicarse en inglés, así que me lo encargué pronto en Amazon y cuando llegó, descubrí bien contenta que tenía casi el doble de páginas que los otros. Lectura para dos días, por lo menos.

Por suerte, leer en voz alta no va tan rápido. Mientras les iba leyendo a los chicos, iba haciendo la relectura. A veces, después de leerles a ellos seguía leyendo yo sola. Al final, debo haber leído cada libro entre tres y cuatro veces. En los dos años que siguieron, Harry Potter ocupó muchísimo espacio en las lecturas familiares; éstas se alternaban, a veces había que leerle un libro a uno, otras veces al otro, mientras el padre le leía El Señor de los Anillos al más grande, yo le leía Harry Potter al más chico y así íbamos.

El quinto libro salió en el 2003, aunque lo esperábamos con bastante ansiedad y lo leímos con mucho placer, lo hicimos como un libro más, lo mismo que al sexto. Algunos misterios se resolvían, pero aparecían otros nuevos, conocíamos nuevos personajes o aprendíamos algo nuevo sobre los ya conocidos, los chicos se convertían en adolescentes y empezaban a tener penas de amor y el mundo se hacía cada vez más oscuro, tanto que uno de nuestros personajes preferidos terminaba muerto. Lo mejor de todo, creo que fueron todas las noches en las que después de hacerlos lavar los dientes y ponerse el pijama, nos metíamos los tres en mi cama para que yo, con un chico de cada lado, les leyera en voz alta entre medio y un capítulo por noche. Y ahora, después de siete años, llegó el séptimo, el que termina la saga.

La primera sorpresa que me llevé fue que apenas recibimos el paquete de Amazon, mi hijo mayor lo acaparó y no me dejó ni tocarlo. A la noche, cuando yo llegaba del trabajo, me tenía que pelear con él para poder leerlo. Al final, haciendo abuso de mi autoridad materna, conseguí sacárselo y terminarlo durante el fin de semana, lo que valió la pena. El libro no sé si es el mejor de todos pero termina toda la historia como tiene que terminar, cierra todos los hilos sueltos y deja una sensación de leyenda que creo que convertirá al cuento de este mago moderno en un clásico infantil que leerán los chicos de unas cuantas generaciones, además de los míos, que aprendieron a leer con Harry Potter.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Cerrado por Harry Potter

Que llegó después de lo prometido, pero antes de lo esperado. Sabrán comprender.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Relecturas

Terminé la relectura de El Cazador Oculto. Lo había leído con doce años recién cumplidos y lo único que me acordaba eran un montón de sensaciones al final del verano justo antes de empezar el colegio. Como siempre que uno vuelve a leer algo, el libro es completamente otro.

Esta vez descubro a un adolescente cínico, desencantado y bastante deprimido que mientras se pierde en Nueva York se expresa con una indolencia desgarradora. Pero no encuentro ninguna de esas sensaciones del final de mi infancia. Mi única explicación es que mi primer amor debe haber sido Holden Caulfield.

lunes, 23 de abril de 2007

Escribiendo

"I can write better than anybody who can write faster, and I can write faster than anybody who can write better".
A. J. Liebling, periodista.


Y a mí no me sale ni lo uno ni lo otro.

viernes, 5 de agosto de 2005

La lista compulsiva

Desde que aprendí a leer, fui una lectora compulsiva. Como leía mucho, pronto pude leer muy rápido y devoraba lo que me caía entre manos. Al principio, cuentos infantiles a raudales, las obras completas de Perrault, los hermanos Grimm, H.C. Andersen, los cuentos de las Mil y Una Noches, las fábulas completas de Esopo. Al poco tiempo, un volumen de mitología universal que me introdujo en cosmogonías varias. Y de ahí, sin escalas, las obras completas de Homero, que releí durante un par de años hasta que me supe todos los detalles (mis hijos, ahora, vuelven a ver las sagas de películas hasta que se las saben de memoria). Después, más obras completas: Shakespeare, Oscar Wilde, Federico García Lorca, Esquilo, Sófocles y Eurípides. En los descansos, cuanta revista de historietas o novela de aventuras caía entre mis manos, compradas, prestadas o regaladas. Y un par de enciclopedias para chicos. Y la Biblia y la Divina Comedia. Impresionante la biblioteca de mi madre, ahora que lo pienso. En las vacaciones, la biblioteca infantil de mi papá y mis tíos en la casa de mi abuela, desde donde me llegaron Louise May Alcott, Robin Hood, el Rey Arturo. Por ahí, tendría unos once años. A los doce, leí a Borges, Horacio Quiroga y las tres novelas de Sábato. No me alcanzaban los libros y todo se me terminaba demasiado pronto. El sueño de mi vida era encontrar el Libro de Arena. Mis primeras fantasías eróticas con El Cazador Oculto de Salinger (muchos años después, aprendí que en inglés se llama The Catcher in the Rye), al que voy a tener que leer de vuelta para saber por qué tuve esas fantasías, porque todavía me acuerdo de las sensaciones pero no de la historia. Y como a los catorce, todos los cuentos que Cortázar había publicado hasta ese momento y montones de best-sellers yanquis que circulaban por el colegio. Del final del colegio y el principio de la facultad me acuerdo: las cuatro mujeres de Jorge Amado (Tieta, Teresa, Gabriela y Flor) y Pedro Páramo, el aleph del realismo mágico. Y después, Cien años de soledad y todas sus hermanitas, de las cuales la que más me gusta es la Crónica de una muerte anunciada. Ah! Y la historia de la Cándida Eréndira, que tenía una abuela parecida a la mía, por lo indestructible. Y después Vargas Llosa, que empecé por la tía Julia, todavía creo que no terminé y del cual me quedo con El Hablador. Y dos o tres novelas de Cortázar, incluida, por supuesto, Rayuela. El Señor de los Anillos y todo lo otro que escribió Tolkien en mi último año de facultad, cuando además veía 130 películas e iba a 15-20 conciertos de rock al año, en la ciudad más cara a mis recuerdos. Durante ese mismo año y el siguiente, leí lo poco de ciencia-ficción que leí en mi vida, ya que el género nunca terminó de atraerme del todo. Un género que sí me atraía, sin embargo, era la novela policial (¿o se dice novela criminal o novela negra?) pero nunca leí demasiado de ello hasta que hace unos pocos años me leí cuatro novelas de Ripley al hilo. Tuve que parar, porque el personaje es tan revulsivo que causa vergüenza ajena y además, me estaba por dar una depresión. Bueno, entre tanto terminé en BRU y cuando decidí que ya sabía bastante francés como para adentrarme en su literatura y como Proust me pareció too much, elegí a la joven estrella belga que me resultó brillante y altamente recomendable. Y también tuve que releer Rayuela, porque no me acordaba de por qué era tan buena. Y en eso ando.

Ah! Mientras tanto encontré el Libro de Arena, esto es una de sus páginas.